La Fundación Fratelli Tutti, presidida por Claudio Granata, ha promovido la iniciativa “Los talleres de lo humano: hacia el Encuentro de la Fraternidad 2027”, celebrada en Roma los días 16 y 17 de octubre. Las jornadas ofrecieron un espacio de diálogo y escucha para elaborar nuevos proyectos de cara a la próxima edición del Encuentro de la Fraternidad.
A través del intercambio de experiencias, reflexiones y propuestas, se identificaron algunas prioridades para continuar avanzando hacia 2027. Se trata de un itinerario cultural impulsado por la Fundación a través de las distintas ediciones del encuentro, que recoge el legado del World Meeting on Human Fraternity 2025.
Entre las intervenciones destacó la de Sor Raffaella Petrini, Presidenta de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano. Durante las jornadas se presentó también el libro Fratello, dove sei? (Hermano, ¿dónde estás?), coordinado por Mico Capasso y el Padre Francesco Occhetta, Secretario General de la Fundación Fratelli Tutti. La publicación reúne reflexiones, testimonios, experiencias y proyectos surgidos durante el World Meeting on Human Fraternity 2025.
Publicamos a continuación el discurso de la presidenta de la Gobernación:
Dirijo un cordial saludo a Su Eminencia el Cardenal Mauro Gambetti;
al Padre Francesco Occhetta;
a dott Claudio Granata, presidente de la Fundación Fratelli Tutti;
y a todos los presentes.
Nos reunimos hoy para inaugurar un camino que comenzó con la experiencia del World Meeting on Human Fraternity del pasado año, recogida de forma sintética en el libro Fratello, dove sei?. Un camino que nos invita a reflexionar sobre cómo responder a una pregunta urgente, que sacude los propios cimientos de nuestro tiempo: ¿qué significa hoy ser humanos?
En una época fragmentada, dominada por la ilusión de la hiperconexión digital, pero herida por la desorientación moral y una profunda soledad del alma, la encíclica Fratelli tutti del Papa Francisco no es simplemente un documento social de gran relevancia. Es un grito. Es un mapa que nos señala el camino. Nos recuerda que ser humanos no es una condición biológica adquirida de una vez para siempre, sino una vocación que debemos conquistar cada día.
Hoy, ser humanos significa rechazar la globalización de la indiferencia para redescubrir que estamos radicalmente, visceralmente unidos unos a otros, como miembros de una misma familia. Además, desde la perspectiva cristiana, nadie se salva solo. Nadie puede satisfacer por sí mismo sus necesidades fundamentales, y mucho menos sus aspiraciones más profundas, incluida la búsqueda de la felicidad. El otro no es un límite para mi libertad, sino la condición misma de mi existencia.
Los Pontífices han recordado en numerosas ocasiones el principio de la fraternidad universal. A este respecto, el Papa León XIV, en su Mensaje con ocasión del Día Internacional de la Fraternidad Humana y de la entrega del Premio Zayed a la Fraternidad Humana 2026, del 4 de febrero de 2026, destacó que “lo más precioso y universal de nuestra humanidad” es precisamente “nuestra fraternidad, ese vínculo inquebrantable que une a todos los seres humanos, creados a imagen de Dios”.
Por otra parte, añade el Papa, “la necesidad de esta fraternidad no es un ideal lejano, sino una necesidad urgente. No podemos ignorar que demasiados hermanos y hermanas nuestros están sufriendo actualmente los horrores de la violencia y de la guerra”.
También el Papa Francisco, en su Mensaje para la celebración de la LIII Jornada Mundial de la Paz, del 1 de enero de 2020, puso de relieve que “toda guerra, en realidad, se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana”. Unas palabras que encuentran eco también en la encíclica Fratelli tutti (cf. 26).
Los “talleres de lo humano”
La naturaleza propia de la fraternidad universal queda expresada en el mensaje de León XIV antes citado: “La fraternidad humana es una realidad vivida, más fuerte que todos los conflictos, las diferencias y las tensiones. Es un potencial que debe hacerse realidad mediante el compromiso concreto y cotidiano con el respeto, el compartir y la compasión”.
Solo en la relación con los demás encontramos nuestra plena realización. Y esta dimensión no se limita al ámbito personal, porque la fraternidad debe encarnarse también en la vida comunitaria, en las estructuras sociales y políticas, en las decisiones y en los proyectos de vida compartidos (cf. Magnifica Humanitas, 73).
Hoy, como ha reiterado recientemente el Sumo Pontífice, todos estamos llamados a adoptar la misma actitud que el pueblo en tiempos de Nehemías, para “construir la ciudad que Dios desea habitar con toda la humanidad en paz»[1].
Debemos, por tanto, implicarnos activamente para convertir esta intuición en realidad. No bastan las buenas intenciones. Es necesario abrir nuevos espacios de trabajo compartido, los que hemos denominado «talleres de lo humano”.
Estos talleres son los lugares de encuentro de nuestra vida cotidiana, la escuela, la política, el trabajo, nuestras comunidades, allí donde estamos llamados a actuar y a servir de manera concreta, cada uno desde su propia misión.
Los talleres suelen ser espacios caóticos, polvorientos y ruidosos, en los que es preciso moverse con cuidado, incluso utilizando equipos de protección, pero donde, al mismo tiempo, se proyecta y se construye.
Habitar estos talleres significa a menudo esforzarse y mancharse las manos, inclinarse para aliviar las cargas de una humanidad herida y sufriente, despojada de su dignidad y en busca de un sentido para su existencia.
Trabajar en estos talleres significa sustituir la lógica del control y la manipulación por la del cuidado; renunciar a la competencia para dar valor a la solidaridad; volver a situar en el centro el valor incalculable de cada persona.
La misión de Nehemías
De entre los escombros de la obra surge la reconstrucción de la comunidad. Por eso, la figura bíblica del profeta Nehemías se presenta como una referencia que puede servirnos de guía y de espejo.
Nehemías se encuentra en Susa, en la corte del rey, disfrutando de una situación personal acomodada. Sin embargo, cuando le comunican que las murallas de Jerusalén están en ruinas y que su pueblo vive sumido en la miseria, no mira hacia otro lado. No dice “ese no es mi problema” ni se lava las manos.
Nehemías llora, reza y después actúa. Pide permiso para partir y reconstruir las murallas. Pero no las reconstruye solo, ni lo hace para aislar la ciudad del mundo. Al contrario, implica a todos, llama al pueblo a participar activamente y lo anima a reconstruir juntos.
El texto bíblico nos presenta una gran diversidad de personas y oficios , mujeres y hombres, jóvenes, sacerdotes, perfumistas, orfebres y comerciantes, todos trabajando codo con codo para restaurar el tramo de muralla situado frente a sus casas y más allá de ellas.
La reconstrucción social y espiritual es una tarea colectiva. Las murallas de Nehemías no se levantan para excluir, sino para devolver la identidad, la protección y la dignidad a una comunidad que había perdido el rumbo y la esperanza.
Hoy estamos llamados a hacer lo mismo, sanar las heridas de una humanidad que sufre, recoger los fragmentos de la destrucción provocada por los conflictos y las guerras, reconstruir puentes de diálogo y reavivar la confianza debilitada por la sospecha. Porque es precisamente en la solidaridad donde se manifiesta de manera concreta la conciencia de que nadie se salva solo.
Hacia la Civilización del Amor
El horizonte último de este esfuerzo no consiste tanto en construir una sociedad más eficiente y tecnológicamente avanzada como en edificar la Civilización del Amor, una comunidad de personas capaces de vivir en paz.
La Civilización del Amor define una sociedad en la que la economía es un medio para satisfacer las necesidades del ser humano y la política sabe establecer sus fines porque persigue el bien común.
Es una sociedad capaz de integrar el espíritu del don en las relaciones de intercambio y de fomentar una cultura del respeto, en la que el abrazo prevalezca sobre la sospecha y la tecnología esté orientada al bien de lo humano, del humanum.
No se trata de una utopía ingenua, sino de la única alternativa realista a la destrucción mutua.
Hoy, al contemplar nuestros “talleres”, inspirados por el valor y la sabiduría de Nehemías e iluminados por la visión profética de Fratelli tutti, declaramos juntos abierto este camino.
Lo hacemos conscientes de que cada piedra que colocamos, cada mano que estrechamos y cada fragmento de dignidad que devolvemos al prójimo representa un paso adelante para recuperar nuestra propia humanidad y la belleza que la caracteriza.
Os deseo, por tanto, un buen camino hacia el Encuentro de 2027 y un fructífero trabajo a todos.
[1] León XIV, Homilía, Santa Misa con ocasión del inicio del año académico de las Universidades Pontificias, basílica de San Pedro, 8 de octubre de 2026.
