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El Belén instalado en la iglesia de San Pellegrino in Vaticano

Cuando los músicos señalan el pesebre 

Se dirige a todo aquel que se aproxima, invitándolo a contemplar el misterio del nacimiento de Jesús. Es un músico de la Banda del Cuerpo de la Gendarmería, representado de pie y orientado hacia el exterior del belén. Se une al coro de los ángeles al acompañar el canto del Venite Adoremus. Con la música rompe el silencio de la noche para anunciar a todos la noticia más desconcertante: el Señor ha nacido en Belén de la Virgen María.

Es uno de los personajes de un belén singular, instalado en la iglesia de San Pellegrino in Vaticano. En él están representados todos los componentes de la Dirección de los Servicios de Seguridad y Protección Civil: desde los gendarmes hasta los bomberos en configuración operativa, junto con el personal de servicio. Todos confluyen con la mirada hacia la Natividad, unidos en una dimensión compartida de vigilancia, fe y servicio.

La obra, realizada por el maestro Domenico Bonifacio —artista ya conocido por el belén de la Sala Clementina del Palacio Apostólico y por numerosas creaciones posteriores— trasciende el mero relato figurativo. En la materia cuidadosamente modelada afloran alusiones al monte de La Verna, donde San Francisco de Asís recibió el don de los estigmas.

El núcleo simbólico de la composición se articula en torno a dos figuras uniformadas, auténticos ejes narrativos de toda la escena.

El gendarme en servicio, situado lateralmente, firme y atento, encarna la misión histórica de protección del Solio de Pedro. En él, el deber se traduce en una presencia silenciosa y constante, discreta pero indispensable.

El gendarme en adoración, arrodillado como un fiel más, expresa la dimensión interior del Cuerpo: la de quien, dejando a un lado la función, se reconoce peregrino ante el Misterio.

Tres gendarmes ataviados con uniformes —uno perteneciente a la histórica Gendarmería Pontificia y los otros al actual Cuerpo vaticano— dialogan entre sí en el lado izquierdo del belén, trazando un hilo ideal que atraviesa las épocas. En esa escena se sugiere una continuidad hecha de lealtad y dedicación a la Iglesia, un compromiso que no conoce interrupciones.

La escena de la Natividad se sitúa entre las ruinas de un edificio pagano, una elección simbólica que alude al triunfo del cristianismo. En este espacio aparece también una hornacina dedicada a San Miguel Arcángel, reconocido como protector celestial del Cuerpo.

En el lado derecho, en un entorno que evoca la zona de Campo de’ Fiori en Roma, se desarrolla una escena de vida sencilla y cotidiana, animada por un pastor que conduce a sus ovejas hacia la Natividad. Lleva entre los brazos una cesta repleta de frutos de la tierra para ofrecer al Salvador.

Cierra la composición la Fontana delle Api, reproducida con extraordinaria atención al detalle. No se trata de una mera cita arquitectónica, sino de un lugar cargado de memoria: durante años, esa fuente ofreció alivio a los gendarmes destinados al servicio de frontera en Sant’Anna.

Historia, tradición y fe se entrelazan así en un belén que desea rendir homenaje a quienes sirven cada día al Sucesor de Pedro y al Estado de la Ciudad del Vaticano.

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