En los Jardines Vaticanos se ha plantado un árbol de Ginkgo biloba
Símbolo de resiliencia y longevidad
Sobrevive en entornos urbanos contaminados, tolera distintos tipos de suelo y resiste a enfermedades y parásitos. Se trata del Ginkgo biloba, el árbol que en muchas culturas asiáticas es símbolo de longevidad. Ofrece numerosos beneficios, entre ellos la mejora de la calidad del aire urbano y la creación de zonas de sombra y de refrescamiento durante las estaciones cálidas. Un ejemplar de esta especie fue plantado el viernes por la mañana, 6 de marzo, en los Jardines Vaticanos.
La ceremonia fue presidida por el Arzobispo Monseñor Emilio Nappa, Secretario General de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, quien dirigió a los presentes un breve saludo. Por su parte, Mauro Uniformi, Presidente del Consejo Nacional del Orden de los Doctores Agrónomos y de los Doctores Forestales (CONAF), explicó los motivos que han llevado a donar el árbol.
En la plantación estuvieron presentes, entre otros, Monseñor Fernando Chica Arellano, Observador Permanente ante las Organizaciones y Organismos de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, FIDA, PMA), y Stefano Giampaolo, responsable del Servicio de Jardines y Ambientes de la Dirección de Infraestructuras y Servicios de la Gobernación.
Además de su valor ornamental, el Ginkgo biloba posee una notable resiliencia: seis ejemplares sobrevivieron a los devastadores efectos de la bomba atómica sobre Hiroshima, rebrotando desde sus raíces y convirtiéndose así en símbolo de renacimiento y esperanza.
A continuación publicamos el discurso pronunciado por el Presidente del CONAF
Arzobispo monseñor Emilio Nappa,
Secretario General de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano
Este primer acto simbólico sigue lo propuesto en audiencia privada por el Santo Padre el pasado año, en la víspera de la apertura del XIX Congreso Nacional de los Doctores Agrónomos y de los Doctores Forestales.
En aquella ocasión, el Santo Padre dirigió a nuestra categoría una fuerte llamada de esperanza, invitándonos a considerar nuestro trabajo como una misión. Más concretamente, indicó a quienes trabajan en la agricultura la responsabilidad de administrar la Creación como:
«una forma concreta de caridad hacia nuestra Madre Tierra y hacia las generaciones venideras: la Tierra no es una posesión, sino un don. Nos precede y nos será retirada. Es madre que alimenta, no materia que explotar. Quien la cultiva con respeto y sabiduría participa en la obra creadora de Dios y contribuye a la paz entre los hombres».
El Santo Padre expresó también gratitud por el trabajo silencioso y competente de quienes protegen los suelos, las aguas y los bosques, recordando que la crisis ecológica «es también una crisis espiritual» y que el cuidado de la creación nace de «un corazón reconciliado con Dios y con la naturaleza».
Nos animó igualmente a proponernos como «artesanos de una nueva alianza entre ciencia y conciencia», poniendo el conocimiento técnico al servicio del bien común y no del beneficio inmediato.
El pasado año, el encuentro en el Vaticano concluyó con nuestro compromiso de traducir las palabras del Pontífice en acciones concretas de salvaguardia, educación y sostenibilidad, conscientes de que custodiar la Tierra significa custodiar al ser humano.
En esta misma dirección nació la Carta de Roma, documento de orientación expresado en las actas del XIX Congreso Nacional «Raíces en el Futuro». Este texto fija hoy el rumbo de la profesión de los agrónomos y de los forestales para los próximos años, traduciendo en compromisos operativos la responsabilidad de cuidar el capital natural, los sistemas productivos y los territorios.
Hoy estamos aquí para dar concreción a esta voluntad y a estos principios, plantando un Ginkgo biloba, árbol definido como «fósil viviente» porque representa la única especie superviviente de un antiquísimo grupo de plantas que se remonta a más de 200 millones de años y que hoy, precisamente por esta característica, es percibido como guardián de la memoria de la Tierra.
Su extraordinaria capacidad de adaptación lo ha convertido en símbolo de resiliencia, longevidad y renacimiento.
Uno de los episodios más emblemáticos de su fortaleza es la supervivencia de algunos ejemplares a la explosión atómica de Hiroshima: árboles gravemente dañados que lograron regenerarse en los meses siguientes, convirtiéndose en un poderoso mensaje de esperanza y de continuidad de la vida.
Gracias a su resistencia a la contaminación, a las enfermedades y a las condiciones climáticas adversas, el Ginkgo biloba está muy difundido en contextos urbanos de todo el mundo, donde crece sin perder su antigua elegancia.
Representa así un verdadero puente entre la naturaleza y la resiliencia urbana moderna: un árbol que encarna memoria histórica y capacidad de renacimiento.
El Ginkgo biloba, sin embargo, no es solo una maravilla botánica. Con el tiempo se ha convertido también en un poderoso arquetipo espiritual, capaz de contener en sí memoria, equilibrio y transformación.
Es un símbolo de estabilidad interior: las raíces profundas evocan el arraigo, mientras que la copa que se abre hacia el cielo indica apertura al crecimiento.
En síntesis, es símbolo de equilibrio, memoria, resiliencia y transformación. Es la imagen de un alma que atraviesa los siglos sin quebrarse, que integra las polaridades y que, incluso después de la destrucción, encuentra la fuerza para volver a florecer.
