El Cardenal Vérgez Alzaga celebró la Misa para el personal de la Dirección de Sanidad e Higiene
Suscitar la confianza en Jesucristo
El Cardenal Fernando Vérgez Alzaga, Presidente emérito de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, celebró la Santa Misa, con ocasión de la Pascua, para el personal de la Dirección de Sanidad e Higiene, en la tarde del sábado 21 de marzo, en la Capilla de la Domus Sanctae Marthae.
Junto al cardenal concelebró Fray Dario Vermi, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, asistente espiritual de la Dirección de Sanidad e Higiene. Entre los presentes se encontraban el abogado Giuseppe Puglisi-Alibrandi, Secretario General, y los doctores Luigi Carbone y Maurizio Soave, respectivamente director y vicedirector.
A continuación, la homilía del presidente emérito:
Queridos doctores Luigi Carbone y Paolo Maurizio Soave,
respectivamente director y vicedirector de la Dirección de Sanidad e Higiene, y todos vosotros aquí presentes de la misma Dirección:
El Evangelio del quinto domingo de Cuaresma nos presenta el milagro de Lázaro, devuelto a la vida por Jesús. En los domingos precedentes, la liturgia nos ha ofrecido los episodios de la Samaritana y del ciego de Jericó. Hoy se nos propone la resurrección de Lázaro o, más propiamente, el retorno a la vida de un hombre que llevaba ya cuatro días muerto y en proceso de descomposición.
Existe un hilo invisible que une estos tres episodios: la fe de los protagonistas o, en el caso de Lázaro, la de su hermana Marta. La Samaritana, cuyo nombre desconocemos, cree en el Señor porque Él le revela su vida y su pasado y entabla con ella un diálogo. Y, sin embargo, sabemos cuán improbable era que un judío hablara con una mujer y, además, con una samaritana, considerada en aquel tiempo como una hereje. El ciego de Jericó se postra ante el Hijo del hombre tras haber sido curado y cree en Él. En el relato evangélico de hoy, Marta confía en el Señor aun cuando todo parece excluir cualquier salida frente a la muerte irreversible de Lázaro.
En los tres episodios, Jesús se manifiesta como Redentor, aquel que perdona los pecados y sana las enfermedades. La Cuaresma es una escuela que nos prepara para comprender la resurrección de Cristo, la definitiva, porque el cuerpo de Jesús asumirá las características de la eternidad, mientras que la resurrección de Lázaro es solo un hecho temporal, no eterno ni definitivo. De hecho, también Lázaro, como todos los hombres y mujeres, al término de su vida terrena murió nuevamente y espera la resurrección.
Sin embargo, la liturgia, a través del relato del milagro que acabamos de escuchar, nos conduce progresivamente a la comprensión de Cristo en su humanidad y en su divinidad, en lo que será la victoria plena sobre el pecado y sobre la muerte.
Por otra parte, el diálogo entre Jesús y Marta remite al que Cristo mantuvo con la Samaritana. Una mujer que acude al pozo a mediodía, una hora inusual para sacar agua, quizá elegida para evitar encuentros debido a su historia personal. Aquel día, sin embargo, se encuentra con un desconocido procedente de Judea. Existía una enemistad, arraigada en siglos de cismas religiosos y de mezclas étnicas, que llevaba a los judíos a evitar todo contacto con los samaritanos, y más aún con una mujer. Jesús rompe todo tabú, le pide de beber, y la mujer no se aparta. Al contrario, el diálogo se hace cada vez más íntimo y toca el alma de la mujer.
Del mismo modo, en el diálogo con Marta, Jesús asegura que destruirá el límite humano más infranqueable: la muerte. Se manifiesta como Señor de la vida. Ante la fe de Marta, Jesús se presenta como aquel que es la resurrección; por ello, quien cree en Él, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Él no morirá para siempre.
En este sentido, Jesús ofrece a Marta una respuesta al problema de la muerte y del dolor, no solo respecto a su hermano. Le pregunta si cree. Ella está segura de que Jesús es el Dios de la vida y no de la muerte. Lo que sucede después lo narra el evangelista Juan: Jesús devuelve la vida a su amigo Lázaro, por quien derrama lágrimas de dolor y de afecto. También Jesús es verdadero Hombre, y así manifiesta su participación en el duelo y en la separación de los seres queridos.
Cuando Jesús ordena retirar la piedra del sepulcro de Lázaro, Marta recuerda que su hermano es ya un cadáver en descomposición. En ese momento, el Señor le pide una vez más que crea, a pesar de todas las apariencias contrarias. Entonces Jesús ora al Padre, para que todos puedan reconocerlo como Hijo de Dios.
Él demuestra ser aquel que puede devolver la vida, ordenando a Lázaro salir del sepulcro. El milagro se cumple plenamente: la existencia ha sido restituida. La fe de Marta ha permitido que se manifieste la gloria de Dios, como ya había sucedido con el ciego de Jericó y con la Samaritana.
Como los demás milagros realizados por Jesús, también este tiene como finalidad suscitar la fe y la confianza en Aquel que es Hijo de Dios, Redentor y Salvador de la humanidad.
En estos días que nos separan de la ya cercana Pascua, dejémonos implicar por la fe en Cristo y abramos nuestro corazón para acoger con generosidad el mensaje de salvación y de esperanza. Tengamos la certeza de que nuestro destino no es la muerte, sino la resurrección y la vida sin fin. El Redentor tendrá siempre la última palabra.
Feliz Pascua a vosotros y a vuestras familias.
