Dos jóvenes madres: una de 22 años, que amamantaba a su hijo, y otra embarazada de ocho meses. Ambas eran catecúmenas y fueron encarceladas en Cartago, bajo el mandato del emperador Septimio Severo, en el año 203. Sus nombres eran Perpetua y Felicidad. Procedían de distintos estratos sociales: Perpetua, una joven patricia; Felicidad, su sierva. Sin embargo, las unía su fe en Cristo y el destino del martirio. Fueron arrestadas junto con Sáturo, su catequista, y otros catecúmenos: Saturnino, Revocato y Secundulo.
Intuyó las dificultades y la marginación a las que estaban sometidas las mujeres de su tiempo y no escatimó energías para educarlas y enseñarles las verdades de la fe. Estaba convencida de que, para acoger el Evangelio, era necesario liberar a las personas de la ignorancia y el error. Junto con la educación, creía que ofrecer una formación profesional contribuiría a la promoción humana y a la afirmación de las mujeres en la sociedad. No tuvo dudas Rosa Venerini cuando dedicó toda su vida al apostolado y a la educación, en una época —el siglo XVII— en la que a las mujeres les estaban vedadas muchas oportunidades.
Willibrordo nació hacia el año 658 en la región inglesa de Northumbria. Su formación comenzó en el monasterio de Ripon, donde recibió una sólida educación religiosa y humana. Con veinte años, movido por un ardiente deseo de perfección espiritual, decidió trasladarse a Irlanda para profundizar en los estudios teológicos bajo la guía del abad Egberto, maestro de vida interior y discernimiento misionero.
La fiesta del Rosario fue instituida por San Pío V con el nombre de "Santa María de la Victoria", en recuerdo permanente de la batalla de Lepanto, librada el 7 de octubre de 1571, en la cual la flota de la “Liga Santa” derrotó a la del Imperio otomano. Los cristianos atribuyeron la victoria a la protección de María, a quien habían invocado rezando el Rosario antes de la batalla.
Marie-Rose Julie Billiart nació el 12 de julio de 1751 en Cuvilly, al norte de París, en Francia. Fue la séptima de nueve hijos, muchos de los cuales murieron a temprana edad. Desde pequeña sintió la llamada del Señor a seguirle. Un acontecimiento marcó su vida para siempre: su padre, en 1774, fue víctima de un intento de asesinato. A ello se añadió, en 1782, un error médico que le provocó la parálisis de las piernas.
San Severino del Nórico, nacido hacia el año 410, es una figura central del cristianismo tardoantiguo. Reconocido como santo tanto por la Iglesia católica como por la ortodoxa, dedicó su vida a la evangelización de la provincia romana del Nórico, en la actual Austria, donde fundó numerosas comunidades monásticas. El territorio que frecuentó con mayor asiduidad fue la llanura danubiana, entre Carnuntum y el área de Passavia, la actual Passau.
Era una niña feliz, perteneciente a una familia animista acomodada, que vivía en Olgossa, en la región de Darfur, en Sudán. Tenía nueve años, en 1878, cuando fue secuestrada por mercaderes de esclavos. Su vida se transformó inmediatamente en una pesadilla. El shock fue tal que ni siquiera pudo recordar su nombre, y sus secuestradores, en tono de burla, la llamaron “Bakhita”, que significa “la afortunada”.
«Apenas Pedro reconoció al Señor, se arrojó al agua y fue hacia Él, mientras los demás llegaron en la barca. [Este hecho…] es un signo de la singular autoridad de Pedro como Pontífice […]. [Pedro] recibió el gobierno de todo el mundo, no de una sola nave como ocurrió con los demás Apóstoles.
San Juan de Dios, cuyo nombre de nacimiento era Juan Ciudad, nació en 1495 en Montemor-o-Novo, Portugal. Pasó sus primeros años en esa ciudad antes de trasladarse a Oropesa, España, a la edad de ocho años. Participó en dos guerras, una en Fuenterrabía, en los Pirineos, y otra en Viena contra los turcos. Tras estos acontecimientos, regresó a España e inició un largo viaje de búsqueda espiritual, que lo llevó por diversas ciudades, entre ellas Sevilla, Ceuta, Gibraltar y, finalmente, Granada, donde trabajó como vendedor de libros. Después de escuchar una predicación de San Juan de Ávila, experimentó una profunda transformación espiritual, hasta el punto de proclamar su “locura” por Dios, lo que llevó a que lo recluyeran en el Hospital Real de Granada. Una vez liberado, decidió dedicarse por completo al servicio del Señor.
Llegó envuelta en una sábana sobre un carro de estiércol. No fue una llegada triunfal para la imagen de la Virgen del Rosario que san Bartolo Longo había hecho traer desde Nápoles el 13 de noviembre de 1875. El destino era el Valle de Pompeya, lugar elegido para erigir un Santuario dedicado a la Virgen. Tan humilde fue el traslado, como grande sería después la devoción de los fieles.
Isabel Catez nació en 1880 en Camp d’Avor, cerca de Bourges. En su niñez reveló un carácter fuerte, a veces impetuoso y propenso a los arrebatos; sin embargo, su temperamento cambió profundamente cuando su madre le explicó el significado de la Primera Comunión: para recibir a Jesús era preciso ofrecerle un corazón humilde, dócil y disponible.
En el corazón del Imperio bizantino, un antiguo calendario litúrgico promulgado por el emperador Basilio II conserva los nombres de algunos mártires cristianos: entre ellos se encuentra Pelagia, junto a Domecio, Áquila —indicado como eparca— y Teodosio. Su memoria, custodiada en la tradición oriental, llegó también a Occidente a través del Martirologio Romano.
Consagrado en la Orden de San Agustín, aceptó por obediencia la dignidad episcopal. Fue un celoso pastor que mostró un gran amor por los pobres, hasta el punto de donar todo a los necesitados, sin reservarse ni siquiera una pequeña cama. Es San Tomás de Villanueva, en el siglo Tomás García Martínez. Nació hacia finales de 1486 en Fuenllana, Ciudad Real (España), de padres religiosos y caritativos, de quienes heredó un entrañable amor por los pobres.
Santa Valdetrudis (Waudru) de Mons nació en Cousolre, en el norte de Francia, hacia el año 612, en el seno de una familia noble franca. Su padre, san Walberto, era funcionario en la corte de Clotario II, rey de los merovingios, y su madre, santa Bertila de Turingia, era hija de un rey.
La aparición de la Virgen María en Guadalupe, en México, está llena de significados espirituales y culturales, y en el centro se encuentra la figura de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin: un hombre sencillo, de origen indígena, que, mediante su fe sincera, se convirtió en instrumento de un diálogo entre culturas diversas.
Mediador y artífice de paz en las disputas entre los municipios enfrentados, San Andrés Corsini, religioso carmelita y obispo de Fiesole, fue incluso encarcelado por su celo en favor de la concordia.
La historia de Apolonia se conoce gracias al testimonio indirecto transmitido por Eusebio de Cesarea, que vivió entre los siglos III y IV. En su obra hace referencia a una carta escrita por el obispo Dionisio de Alejandría y dirigida a Fabio, obispo de Antioquía. En ese texto se describen con detalle los hechos sufridos por Apolonia, de los cuales el autor afirma haber sido testigo directo.
Fue favorecida con fenómenos místicos, tuvo visiones del Infierno y del Purgatorio, y recibió incluso los estigmas, hasta el punto de suscitar las dudas de la Inquisición, que, tras un minucioso examen, certificó su autenticidad.
Mujer, laica, esposa, madre de siete hijos, y terciaria de la Orden de la Santísima Trinidad. Así fue la Beata Ana María Taigi, quien alcanzó la santidad en el estado matrimonial. Nació en Siena el 29 de mayo de 1769 y fue bautizada al día siguiente. Debido a dificultades económicas, su familia —sus padres eran Luigi Riannetti y Maria Masi— se trasladó a Roma cuando ella tenía seis años. En la capital fue confiada a las Maestras Pías Filipenses, donde, en tan solo dos años, recibió una educación completa.
Es el fundador del monacato cenobítico y el primero que redactó una regla para la vida comunitaria. Se trata de san Pacomio, nacido hacia el año 292 en la Tebaida, región del Alto Egipto, en el seno de una familia pagana. A los veinte años fue reclutado a la fuerza por los ejércitos imperiales de Constantino para hacer frente a las incursiones persas. Recluido en una guarnición de Tebas junto a otros soldados y privado de alimento, fue socorrido por los cristianos del lugar. Impresionado por su caridad, Pacomio oró al Dios de los cristianos, prometiéndole que, si lo liberaba de sus cadenas, consagraría su vida al servicio de los hermanos. Y así fue: una vez puesto en libertad, se convirtió y recibió el bautismo.
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