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El Santuario de Arenzano (Génova) dona a la Gobernación una estatua de madera del Niño Jesús

Luz de esperanza y símbolo del amor de Dios por la humanidad

Una estatua de madera del Niño Jesús se encuentra ahora en la iglesia de María, Madre de la Familia, en el Palacio de la Gobernación. Ha sido donada por la comunidad de los Carmelitas Descalzos del Santuario de Arenzano (Génova). El rito de entronización tuvo lugar el jueves por la tarde, 26 de marzo, en presencia del cardenal Domenico Calcagno, Presidente emérito de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, quien presidió asimismo la concelebración eucarística.

Recibieron el don Sor Raffaella Petrini, Presidenta de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, y el Arzobispo Emilio Nappa, Secretario General, quien también concelebró con el cardenal.

Estaba presente una delegación del Santuario del Niño Jesús, encabezada por el padre Domenico Rossi, Viceprior, el Padre Pierluigi Canobbio y el Padre Marco Cabula, Rector del Seminario Menor, junto con algunos seminaristas y estudiantes procedentes de Génova. Don Franco Fontana, coordinador de los capellanes de las Direcciones y de las Oficinas Centrales, dirigió el rito litúrgico.

El original de la célebre estatua de madera del Niño Jesús, flanqueada por dos pequeñas imágenes de la Virgen María y de san José, se expone a la veneración de los fieles en la iglesia de Santa María de la Victoria en Praga. El Niño Jesús aparece representado con vestiduras reales, con la mano derecha alzada en actitud de bendecir y la izquierda sosteniendo una esfera dorada rematada por una cruz. La obra fue realizada en España por un autor desconocido y fue donada a los Carmelitas Descalzos, en 1628, por la princesa Polyxena de Lobkowicz, quien la había recibido como regalo de bodas de su madre, María Manrique de Lara.

Desde entonces, multitudes de fieles acudieron a la iglesia para honrar al Niño Jesús. Gran apóstol de esta devoción fue el Venerable P. Cirilo de la Madre de Dios (+1675), a quien el Niño Jesús prometió en 1637: «Cuanto más me honréis, tanto más os favoreceré». La estatua dispone de tres coronas y de un ajuar de 46 vestiditos que se cambian aproximadamente diez veces al año según el tiempo litúrgico.

 

A continuación, el discurso de la Presidenta de la Gobernación:

 

Saludo

Su Eminencia, el Cardenal Domenico Calcagno,

el Arzobispo Emilio Nappa, Secretario General de la Gobernación,

don Franco Fontana, Coordinador de los capellanes de las Direcciones y de las Oficinas Centrales,

Padre Domenico Rossi, Viceprior, y Padre Pierluigi Canobbio, del Santuario de Arenzano,

Padre Marco Cabula, Rector del Seminario Menor,

y a ellos confío mis saludos para el padre Piergiorgio Ladona, prior de los Carmelitas Descalzos del Santuario de Arenzano.

Doy también la bienvenida a todos ustedes aquí presentes.

Me alegro por la iniciativa de la donación de la estatua del Niño Jesús de Praga, que reproduce la que se expone a la veneración de los fieles en el Santuario de Arenzano.
Agradezco sinceramente a los Carmelitas Descalzos del Santuario su generosidad.

Existe un vínculo espiritual que une la Ciudad del Vaticano con Arenzano: la devoción al Niño Jesús y la Sede del Sucesor de Pedro. Los Papas, comenzando por León XIII y san Pío X, invitaron a honrar al Pequeño Rey. León XIII instituyó la Congregación del Niño Jesús de Praga y Pío X promovió su difusión.

En 1924, Pío XI envió a Arenzano al cardenal Raffaele Merry del Val, entonces arcipreste de la basílica de San Pedro en el Vaticano, para coronar solemnemente la estatua del Niño Jesús. El mismo Pontífice, en 1928, otorgó al Santuario el título de basílica.

La devoción al Niño Jesús se vincula a la del misterio de la Encarnación de Cristo. Algunos Padres de la Iglesia veneraron a Dios bajo la forma de un niño. Baste recordar a san Atanasio y san Jerónimo. Entre los santos más cercanos a nosotros, san Bernardo de Claraval, san Antonio de Padua y san Francisco de Asís, que creó la primera representación viviente del Belén en la ciudad de Greccio. El Belén fue concebido por él como una gruta desnuda, con un pesebre pobre, y en el centro el Niño, que nace en medio de su pueblo. También dos grandes santas, como la fundadora del Carmelo reformado, santa Teresa de Ávila, y santa Teresa de Lisieux, han contemplado, con profunda devoción, el misterio del nacimiento de Jesús y su infancia.

A este respecto, me gusta recordar que el Papa Francisco, durante la catequesis en la audiencia general del miércoles 30 de diciembre de 2015, subrayó: «Para crecer en la fe, necesitaríamos contemplar más a menudo al Niño Jesús».

El Papa Benedicto XVI, durante el viaje apostólico a la República Checa, el sábado 26 de septiembre de 2009, visitó la iglesia de Santa María de la Victoria de Praga y rindió homenaje al Niño Jesús. En aquella ocasión, hizo referencia a la necesidad de proteger a los pequeños y acompañarlos en su crecimiento, evitando toda ofensa a su dignidad: «En el Santo Niño de Praga —dijo— contemplamos la belleza de la infancia y la predilección que Jesucristo ha manifestado siempre hacia los pequeños, como leemos en el Evangelio (cf. Mc 10, 13-16)», también porque «los niños son el futuro y la esperanza de la humanidad».

Por último, el Papa León XIV, el miércoles 24 de diciembre de 2025, en la homilía de la Misa en la Noche de la Navidad del Señor, subrayó que en el Niño de Belén se manifiesta la omnipotencia de Dios en la fragilidad, en la pequeñez, para invitarnos a acoger a los últimos y a los más débiles, eliminando todo egoísmo: «En el Niño Jesús, Dios da al mundo una vida nueva: la suya, para todos. No una idea resolutiva para cada problema, sino una historia de amor que nos implica. Ante las expectativas de los pueblos, Él envía a un niño, para que sea palabra de esperanza; ante el dolor de los pobres, envía a un indefenso, para que sea fuerza para levantarse; ante la violencia y la opresión, enciende una luz suave que ilumina de salvación a todos los hijos de este mundo».

Deseo, por tanto, que la presencia de la estatua del Niño Jesús en el interior de la Ciudad del Vaticano, con vestiduras reales y los signos de soberano, en actitud de bendecir, sea luz de esperanza, símbolo del amor de Dios por la humanidad y motivo de oración por tantos niños abandonados, vulnerados en sus derechos, explotados y heridos por la guerra. Que la humanidad y la divinidad de Cristo, expresadas en la imagen que desde hoy veneramos en esta iglesia de la Gobernación, protejan, acompañen y bendigan a todos los pequeños del mundo, así como, de modo particular, a las familias que forman la comunidad de trabajo del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Gracias una vez más por su generosidad y por su presencia.

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