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Santa Pascua 2026

De la oscuridad a la luz

Durante la Vigilia Pascual, la noche en la que celebramos la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, la Iglesia nos habla con su lenguaje propio y poderoso: el lenguaje de los símbolos. Tres de ellos, en particular, nos ayudan a comprender lo que acontece en esta noche de la Resurrección: la luz, el agua y la entonación de un canto nuevo, el Aleluya pascual.

Mientras aguardamos en la oscuridad que sea encendido el Cirio Pascual, se nos concede el consuelo de saber que Dios conoce cuán profunda puede ser la noche. Más aún: conoce la oscuridad de nuestras propias noches, los efectos tenebrosos del pecado en nuestras vidas y la ceguera con la que, a veces, nos enfrentamos a la realidad. En medio de esta noche oscura, Él enciende una luz desde el fuego de su amor: es la Luz de Cristo. En la oscuridad y el silencio, esta claridad comienza a difundirse, pasando de uno a otro en toda la Iglesia. Así obra la gracia en el Pueblo de Dios: se comunica, se propaga, llevando luz, calor y esperanza, e iluminando la totalidad de lo real que nos rodea. Y, sin embargo, por hermosa que sea esta luz, no es sino un tenue destello de la plenitud luminosa que un día nos será concedida en el banquete celestial de su Reino.

El segundo símbolo elocuente de esta Vigilia es el agua, que se une a la luz mediante el gesto de la triple inmersión del Cirio Pascual encendido en el agua destinada al bautismo. El agua simboliza todo lo que es verdaderamente precioso en la tierra; la luz, todo aquello que es vivificante desde el cielo. Unida al Cirio, el agua recién bendecida es elevada a una condición superior. Así, la Vigilia Pascual nos revela que de un manantial infinitamente más precioso que cualquier fuente terrena ha brotado la vida: del costado de Cristo, cuando agua y sangre manaron de su cuerpo traspasado en la Cruz. De ese costado nacen las aguas del bautismo. Quienes se sumergen en ese torrente renacen. Cuando el Cirio Pascual es introducido en el agua, cielo y tierra se encuentran en un desposorio simbólico: signo de una fecundidad nueva, que engendra frutos en los hijos de la Resurrección, la nueva creación de Dios.

El tercer símbolo pascual es la solemne entonación del canto nuevo: ¡el Aleluya! Ciertamente, no lo cantamos aún en su plenitud ni con la perfección con la que lo haremos en la Jerusalén celestial, donde todo ha sido renovado y los santos de Dios se congregan para la fiesta eterna. Sin embargo, nuestro canto es ya una expresión auténtica de la alegría que nos habita. Cantar implica trascender lo ordinario: es articular algo que no procede únicamente de la voz, sino de las profundidades mismas del ser. El canto sobrepasa las palabras, nos pone en contacto con realidades hondas que nos constituyen y nos acerca a quienes comparten esta experiencia profunda de gozo en la alabanza a Dios.

Todos estos símbolos hablan de la vida —más aún, de la vida eterna— y nos conducen a través de las tres etapas de nuestra existencia en la fe.

El símbolo de la luz en medio de las tinieblas describe la búsqueda en la que todos nos aventuramos: hallar ese destello de verdad, ese camino seguro por el que caminar. ¿Qué es esta luz? Es Cristo, esperanza del mundo, que nos guía en la fe.

El símbolo del agua nos habla de la fecundidad de la gracia de Dios, de la unión poderosa y del vínculo indisoluble del bautismo que nos transforma en el Cuerpo de Cristo en la tierra: la Iglesia.

Finalmente, el símbolo del canto nuevo anticipa la plenitud de la alegría que será nuestra: la pura e inefable dicha de la felicidad eterna que nos ha sido prometida. Esta promesa fue dirigida también al ladrón en la cruz. Cuando nosotros atravesemos el umbral de la muerte, esta promesa se manifestará en una luminosidad sorprendente y en una fecundidad inagotable. Sin mérito alguno por nuestra parte, somos invitados como huéspedes al banquete nupcial del Cordero, en el Reino de los Cielos, junto a todos los santos que nos han precedido, marcados con el sello de la fe. Y oramos, asimismo, por aquellos que esta noche se convierten en nuestros hermanos y hermanas en Cristo, a través de estas aguas poderosas del Bautismo y del sagrado Crisma de la salvación.

 

Cardenal Arthur Roche

Prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

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