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A diez años del terremoto que devastó Accumoli, Amatrice y Arquata del Tronto

El Papa Francisco envió a bomberos y gendarmes vaticanos para socorrer a la población

Eran las 3:36 de la madrugada del 24 de agosto de 2016 cuando un terremoto de magnitud 6,0 en la escala de Richter sacudió los Apeninos centrales, en la zona fronteriza entre Lacio, Umbría, Las Marcas y Abruzos. El epicentro se situó entre Accumoli y Amatrice, dos localidades que quedaron devastadas, al igual que Arquata del Tronto.

Como muestra de solidaridad y cercanía con las poblaciones afectadas, el papa Francisco dispuso de inmediato el envío de un equipo del Cuerpo de Bomberos del Estado de la Ciudad del Vaticano. Esa misma noche, seis bomberos partieron hacia Amatrice con un jeep equipado con un módulo contra incendios, que les permitía desplazarse con rapidez por la zona, y un vehículo de rescate dotado del material necesario para las operaciones de socorro.

Los bomberos trabajaron en estrecha coordinación con Protección Civil y con sus colegas italianos en la búsqueda de supervivientes entre los escombros y en la asistencia a los damnificados. Al llegar a Amatrice se encontraron con un escenario dramático, edificios destruidos, calles convertidas en ruinas y una población sumida en la desesperación.

Al día siguiente partió también una unidad de seis miembros del Cuerpo de la Gendarmería Vaticana. Su misión era colaborar con la Policía de Estado italiana en la vigilancia del territorio y, especialmente, en las zonas próximas a los centros devastados, para prevenir posibles actos de pillaje.
Los bomberos establecieron su base en el campamento instalado en las inmediaciones de Amatrice. Desde allí participaron en la búsqueda de supervivientes, la recuperación de las víctimas y la puesta en seguridad de las partes de los edificios que amenazaban con derrumbarse. También colaboraron en la instalación del campamento de tiendas de campaña.
Entre el material que llevaron consigo había además rosarios y estampas con la bendición del papa Francisco, que entregaron a los párrocos de la zona para que pudieran distribuirlos entre los damnificados.
La presencia de bomberos y gendarmes vaticanos fue, además de una ayuda concreta sobre el terreno, un signo de la cercanía y el afecto del Papa hacia quienes habían perdido a sus seres queridos, sus hogares y sus medios de vida.

No era la primera vez que los bomberos del Vaticano acudían en ayuda de una población golpeada por un terremoto. Ya lo habían hecho en Onna, tras el terremoto de L’Aquila, durante la noche del 5 al 6 de abril de 2009.

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