El Pabellón de los Invernaderos: el antiguo arte de hacer reflorecer los Jardines Vaticanos
El legado bajo el cristal: de las «estufas» papales al invernadero contemporáneo
En el corazón de los Jardines Vaticanos, el arte de proteger la naturaleza hunde sus raíces en una tradición secular. Desde el siglo XVIII, con las primeras “estufas” destinadas a las colecciones exóticas y las naranjerías para el cultivo de cítricos, estos espacios nunca fueron simples dependencias técnicas. Para numerosos Pontífices, desde Clemente XI hasta León XIII y Pío XI, representaban auténticos oasis de meditación y lugares íntimos donde pasear también durante el invierno, entre los aromas del Jardín de los Simples.
Con el paso del tiempo, estos espacios acompañaron la evolución de las técnicas constructivas: desde las primeras estructuras de obra hasta las construcciones de hierro y cristal de comienzos del siglo XX y las actuales reconversiones ecológicas. Hoy, los invernaderos siguen latiendo como el corazón botánico del Estado, aunando memoria histórica y sostenibilidad.
Entre bastidores de las ceremonias pontificias
Detrás de cada ornamentación de los Palacios Apostólicos y de cada composición floral preparada para las audiencias existe un lugar fundamental, el Pabellón de los Invernaderos. Allí, el Servicio de Jardines y Medio Ambiente, dirigido por el ingeniero forestal Stefano Giampaolo e integrado en la Dirección de Infraestructuras y Servicios, coordinada por el ingeniero Salvatore Farina, cuida y produce las plantas destinadas a la vida litúrgica e institucional del Estado.
Desde las ceremonias celebradas en la Plaza de San Pedro hasta las capillas privadas, sin olvidar la recuperación de los ejemplares debilitados, el Pabellón combina su función ornamental con una labor técnica esencial. No es casual que la denominación oficial sea “Pabellón de los Invernaderos”, una expresión que remite al pavillon de tradición europea y evoca una suerte de museo, porque el invernadero vaticano sigue siendo un centro botánico y artesanal único en su género.
Un lugar anterior al jardín: historia, estructura y restauración
La historia del complejo es anterior al jardín concebido por Pío XI. La Torre del Gallinaro, que se remonta al siglo XVII, testimonia la antigua vocación agrícola de la zona, ocupada en otro tiempo por establos y de la que aún permanecen vestigios visibles, como la huella dejada por los carros en la jamba de uno de sus accesos.
A partir de aquel núcleo surgió el almacén donde se conservaban mezclas específicas de sustratos para cada especie, desde las destinadas a los helechos hasta las preparadas para las kentias. Durante el pontificado de Pío XI, la propia Torre fue acondicionada como gabinete de botánica, confirmando así una arraigada atención científica.
Desde el punto de vista técnico, la estructura de hierro fue construida entre 1932 y 1934 y exhibe en su fachada el escudo de Pío XI. Se trata de una joya de la carpintería metálica que carece por completo de soldaduras, ya que fue realizada íntegramente mediante la técnica del remachado en caliente, la misma utilizada en la Mensa Operai, el Comedor de los Trabajadores. La ausencia de soldaduras facilita actualmente las tareas de mantenimiento.
Como muestra de la atención que la Gobernación dedica a este patrimonio, está a punto de ponerse en marcha un proyecto integral de recuperación, rehabilitación y restauración conservativa de la estructura, que garantizará su preservación sin alterar su configuración original.
Tradición artesanal y tecnología de precisión
La histórica Naranjería y el desaparecido invernadero de los helechos han dejado paso a nuevas necesidades. En la actualidad, la Dirección ha emprendido un claro cambio de rumbo hacia un modelo de mayor autosuficiencia botánica y continuidad productiva. El objetivo estratégico es garantizar una disponibilidad constante de plantas para las necesidades litúrgicas, reduciendo la dependencia de las fluctuaciones del mercado y favoreciendo la aclimatación directa de las especies al microclima local.
“Tenemos que imaginar el invernadero como si fuera un acuario. En el fondo, es un entorno forzado que se sostiene sobre equilibrios muy delicados”, explican desde el Servicio.
En el lenguaje botánico, el forzamiento consiste en recrear artificialmente un microclima a medida. Este se garantiza hoy mediante una avanzada centralita técnica que controla la humedad y la temperatura, manteniendo la primera en unos niveles óptimos de entre el 58 y el 60 %. A este rigor se suma el ojo clínico del encargado del invernadero, Massimiliano Noce, cuyo primer gesto cotidiano consiste en realizar una inspección visual, “Lo veo a simple vista y, por el color, ya entiendo lo que necesita la planta. Esta tiene sed; esta otra, no”.
Es un conocimiento hecho de sensibilidad, pero también de respeto por el ciclo natural y de la capacidad de aceptar con serenidad que también la vida de una planta puede llegar a su fin, “Las plantas son como los seres humanos; también nosotros nos marchamos después de un tiempo”.
Símbolo de esta memoria viva es el “gran libro de las maravillas”, un antiguo registro de trabajo iniciado en los años treinta, cuyas páginas aparecen amarillentas y ligeramente onduladas por la humedad absorbida a lo largo del tiempo. Custodiado como un tesoro por el encargado del invernadero, que cada noche se lo lleva a casa para protegerlo, el cuaderno reúne recetas, proporciones de sustratos y dosificaciones escritas a mano. Actualmente está siendo digitalizado para incorporarlo al archivo de los Jardines y transmitir el saber que conserva.
El Pabellón funciona, además, como una verdadera clínica, donde los ejemplares debilitados por los montajes ornamentales son atendidos con paciencia para poder reincorporarlos al circuito.
Sostenibilidad, reserva genética y capital humano
En aplicación de los principios de la Laudato si’, los métodos de cultivo y cuidado empleados por el Servicio siguen un enfoque casi enteramente biológico. Este se basa en el control integrado mediante insectos antagonistas, como Cryptolaemus y Anagyrus; la endoterapia aplicada a los árboles, y el ablandamiento del agua de la red. También está prevista la creación de un espacio de cuarentena para examinar las plantas donadas al Santo Padre por delegaciones extranjeras.
El complejo alberga asimismo la fuente número 101 de los Jardines Vaticanos -no registrada formalmente en el inventario oficial-, una pila de travertino que custodia especies históricas, como los helechos acuáticos y los nenúfares. Estas plantas autóctonas supervivientes constituyen una auténtica reserva genética: ejemplares únicos y sumamente valiosos a partir de los cuales iniciar su reproducción para las fuentes y estanques del Estado.
Sin embargo, el eje de todo el sistema continúa siendo el capital humano: una plantilla de unas 35 personas, entre floristas, especialistas en invernaderos, podadores y responsables de zona, para quienes se están organizando itinerarios específicos de formación y actualización interna.
Es esta labor cotidiana, a menudo invisible para la mayoría, pero indispensable, la que permite al Pabellón de los Invernaderos mantener en funcionamiento la compleja maquinaria botánica al servicio del Estado.
