21 de marzo: tránsito de san Benito de Nursia, Patrono de Europa
En busca de la paz en Cristo
Según san Gregorio Magno, en el Libro II de los Diálogos, san Benito murió en Montecassino, tras haber recibido la Comunión, de pie, con los brazos elevados en oración, sostenido por sus discípulos, mientras los bendecía y alentaba.
Era el 21 de marzo del año 547, aproximadamente cuarenta días después de la muerte de su hermana santa Escolástica, junto a la cual fue sepultado. Las comunidades benedictinas masculinas y femeninas dispersas por el mundo celebran el tránsito del Fundador el 21 de marzo, mientras que la Iglesia celebra oficialmente su fiesta el 11 de julio, día en que se conmemora la traslación de sus reliquias, después de que san Pablo VI lo proclamara Patrono de Europa el 24 de octubre de 1964. La Iglesia Ortodoxa celebra su memoria el 14 de marzo.
El 21 de marzo es, por tanto, un día de gran fiesta para nosotras, benedictinas del monasterio Mater Ecclesiae en el Vaticano, porque recordamos a nuestro Padre y Fundador.
Gregorio Magno define a san Benito como un “astro luminoso”: una estrella que ilumina la historia de Europa, ese continente que, tras la caída del Imperio romano, se hallaba sin unidad política, expuesto a todos los vientos de la división, de la violencia, de la incertidumbre, de la invasión de nuevos pueblos y de la decadencia de las costumbres.
Benito es, no solo para su tierra natal, sino para toda Europa y, por extensión, para el mundo entero, un faro de luz que ilumina las tinieblas de quienes caminan en la sombra de la muerte. En efecto, las comunidades fundadas por él, y aquellas que se inspiran en su Regla, se convirtieron —y lo siguen siendo hoy— en un fermento de vida espiritual que ofrece a la humanidad la riqueza de la fe cristiana.
Por otra parte, Benito experimentó personalmente la decadencia de la sociedad de su tiempo, en la que corrupción, divisiones, confusión y abuso marcaban la vida cotidiana. Ante esta realidad, el Santo propone apostar la vida por Cristo e invita a seguirle. No propone una espiritualidad desvinculada de la realidad, sino un carisma capaz de interpretar los acontecimientos a la luz de la voluntad de Dios. En este camino de búsqueda de Cristo se inscribe la redacción de la Regla, destinada a organizar la vida de monjes y monjas y a orientar su espiritualidad. Gregorio Magno subraya la discreción de la Regla, es decir, la preocupación por no exigir nada excesivo. Uno de los objetivos de Benito es que el Abad gobierne “de modo que estimule las aspiraciones generosas de los fuertes, sin desalentar a los débiles” (64,19).
Además, la Regla, junto a la organización concreta de la vida monástica, describe las virtudes propias del monje: la obediencia, la humildad y el espíritu de silencio. Establece también, con precisión, la liturgia monástica, que Benito denomina Opus Dei, la Obra de Dios, que constituye el corazón de la vida del monje y de la monja.
En este sentido, Benito atribuye un papel fundamental al Abad y a la Abadesa: representan a Cristo en el monasterio. Exige de ellos sabiduría y doctrina ejemplares, y les confía la responsabilidad de la obediencia de sus discípulos. Deben, por tanto, emplear todo su cuidado en conducirlos por el camino de la santidad, haciéndose amar más que temer.
Nuestra comunidad de benedictinas en la Ciudad del Vaticano nos sitúa en el corazón de la Iglesia y nos confía la misión de orar incesantemente por el Sucesor de Pedro. Lo hacemos en comunión con todas las comunidades contemplativas del mundo que se inspiran en la Regla de san Benito.
La Regla es uno de esos escritos que conviene meditar cada día para profundizar y comprender plenamente su alcance salvífico. En sus 73 capítulos presenta un camino de vida y de felicidad. Es como una brújula que orienta y señala la dirección. Su objetivo es disponer el corazón para recorrer el sendero de la vida. No pretende ser exhaustiva, sino liberar las energías que cada persona posee y encaminarlas hacia la búsqueda de Dios. Así, la Regla nos convierte en compañeros de camino de Cristo; nos pone en marcha. Es una escuela para el servicio del Señor. Cada mañana, el Abad o la Abadesa lee y comenta un pasaje de la Regla para asimilarlo y meditarlo profundamente.
Benito define la vida monástica como “una escuela del servicio del Señor” (Pról. 45) y pide a sus monjes y monjas que “nada se anteponga a la Obra de Dios” (43,3). Sin embargo, advierte que la oración es un acto de escucha (Pról. 9-11), que debe traducirse en acción concreta: “El Señor espera que respondamos cada día con hechos a sus santas enseñanzas” (Pról. 35). De este modo, el monje vive en armonía entre acción y contemplación, para que Ut in omnibus glorificetur Deus (para que en todo sea glorificado Dios) (57,9).
También nosotras, desde esta colina vaticana, deseamos ser para los hermanos y hermanas del mundo un faro luminoso, para que lleguen al conocimiento de Cristo y participen de la riqueza de su misericordia. Con la certeza de que Benito nos acompaña de la mano, aun viviendo en el monasterio, no nos son ajenas las vicisitudes de quienes sufren, son oprimidos o padecen violencia cada día. Por ello, presentamos ante Dios todas las intenciones de quienes lo necesitan, con la certeza de que el Señor escucha siempre a sus hijos y, como Padre solícito, desea únicamente su bien.
Como en el tiempo en que vivió Benito, entre los siglos V y VI, cuando Europa se veía sacudida por una profunda crisis de valores e instituciones, causada por el colapso del Imperio romano, cada época —también la nuestra— tiene su cuota de guerras, destrucciones, divisiones y calamidades. En un contexto semejante, como recuerdan cada día las crónicas de guerra en todo el mundo, el ejemplo de san Benito es testimonio de paz, fraternidad y confianza en el Dios de la vida. Así como supo transmitir la fe en Cristo en medio de una sociedad en profunda transformación, en la que los valores esenciales eran despreciados y negados, hoy su propuesta sigue viva en las comunidades que siguen su Regla y su carisma.
Deseamos que la fiesta de san Benito sea ocasión para redescubrir la dimensión interior y encontrar esa paz que solo Cristo puede ofrecer.
Monasterio Mater Ecclesiae
