La figura de San Odón se inscribe en el vasto horizonte del monaquismo medieval, aquella época en la que el ideal benedictino se difundió hasta configurar, por toda Europa, una densa constelación de monasterios. Estos centros de oración y cultura contribuyeron decisivamente a dar forma a la identidad espiritual del continente.
Un médico, nacido en Antioquía en el seno de una familia pagana, preocupado por sus enfermos, de quienes conoce la debilidad y, a menudo, la miseria, hasta el día en que escucha a San Pablo hablar de Jesús. Desde ese momento, Lucas abraza la fe y no abandona nunca más al Apóstol, siguiéndolo hasta su martirio en Roma en el año 67.
Emma era hija del noble conde sajón Immed IV y de Adela de Hamaland. Nacida en 982 en Sajonia, contrajo matrimonio con Liudger, hijo del duque de Sajonia Hermann Billung. En 1001, el emperador Otón III donó a los esposos el palacio real de Stiepel.
Anastasio, romano de nacimiento e hijo de un tal Máximo, llevaba un nombre que en griego significa «resucitado». Fue elegido Pontífice a finales del año 399, tras la muerte del papa Siricio, y permaneció al frente de la Iglesia apenas dos años, hasta el 19 de diciembre de 401. Pese a la brevedad de su pontificado, su gobierno resultó sorprendentemente intenso. A él se atribuye la edificación de la basílica Crescenciana —identificada por la tradición con la actual San Sisto Vecchio—, así como una labor constante de vigilancia doctrinal en una época en la que antiguas controversias volvían periódicamente a sacudir la unidad eclesial.
Los Santos Mario, Marta, Audiface y Abaco son recordados por la Iglesia católica como mártires de los primeros siglos del cristianismo, y su memoria litúrgica se celebra el 19 de enero. La información que se conserva sobre ellos es escasa y fragmentaria y procede principalmente de antiguos textos hagiográficos, en particular de una Passio de época tardoantigua, reelaborada en los siglos posteriores con fines edificantes.
Álvaro nació en Zamora, en España, hacia el año 1360. Ingresó en la Orden de Predicadores en 1368 y pronto se distinguió por su inteligencia y santidad de vida. Fue profesor de teología en la Universidad de Salamanca durante muchos años, donde fue apreciado tanto por su erudición como por su enseñanza. En ese mismo período ejerció también como confesor del rey Juan II de Castilla y de la reina, su madre, desempeñando así un papel relevante tanto en la vida religiosa como en la vida política del reino de Castilla.
«Aunque cada día se celebra con solemnidad la Eucaristía, estimamos justo que, al menos una vez al año, se haga memoria de ella con mayor honor y solemnidad. Las demás cosas que conmemoramos las comprendemos con el espíritu y la mente, pero no por ello obtenemos su presencia real. En cambio, en esta conmemoración sacramental de Cristo, aunque bajo una forma distinta, Jesucristo está presente con nosotros en su propia sustancia. En efecto, cuando estaba a punto de ascender al cielo, dijo: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)».
San José, padre adoptivo de Jesús y esposo de María, es una figura central en la tradición cristiana, tanto por su papel en la economía de la salvación como por ser modelo de virtudes. Aunque las fuentes bíblicas ofrecen pocos detalles sobre él, su figura destaca especialmente en los Evangelios de Mateo y Lucas.
«La omnipotencia de Dios nos crea, la sabiduría nos gobierna, la misericordia nos salva». Así solía repetir a cuantos encontraba fray Crispín de Viterbo. Sencillo hermano lego de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, destinado a la limosna, al servicio de los enfermos y al cuidado de la huerta del convento, fray Crispín (Pietro) Fioretti nació en Viterbo el 13 de noviembre de 1668. Su padre, Ubaldo Fioretti, había contraído matrimonio con Marzia, viuda ya con una hija. Pronto quedó huérfano de padre, y fue su tío Francisco quien se hizo cargo de él, enviándolo a la escuela regentada por los jesuitas. A la par, Crispín trabajaba como aprendiz de zapatero en el taller de su tío.
Entre las figuras más luminosas del monasterio de Helfta en el siglo XIII sobresale Matilde de Hackeborn, mujer de espiritualidad extraordinaria y voz singular de la mística medieval.
La figura de Cristo sufriente representó el núcleo silencioso, pero poderoso, de su existencia espiritual, la fuerza interior de su celo apostólico y la chispa de la que nació la misión de la comunidad religiosa que fundó. No cabe duda de que san Pablo de la Cruz es el santo de la Pasión de Jesucristo.
Es conocido como un gran taumaturgo. Su vida está plagada de prodigios que realizó, sobre todo, en favor de los pobres y oprimidos, convirtiéndose en su defensor. Se trata de San Francisco de Paula, llamado así por haber nacido en la localidad calabresa de Paola, el 27 de marzo de 1416, en el seno de una familia católica de terratenientes. Desde temprana edad, la presencia de Dios irrumpió en su existencia. Ya adultos, sus padres recurrieron a la intercesión de san Francisco de Asís para obtener descendencia. Cuando nació su primogénito, en señal de gratitud al Santo, le pusieron por nombre Francisco.
La historia de Santa Bibiana, como sucede con muchos mártires de los primeros siglos, emerge más de la tradición que de fuentes históricas ciertas. Una de las primeras huellas documentales aparece en el Liber Pontificalis, donde se recuerda que el papa Simplicio hizo erigir una basílica dedicada a la joven mártir, situada junto al Palatium Lucianum y destinada a acoger sus reliquias. Esta iglesia está aún presente en Roma, no lejos de la estación de Termini.
En el siglo IV, en una Capadocia atravesada por profundas tensiones doctrinales y políticas, emergió la figura de Basilio, llamada a dejar una huella duradera en la vida de la Iglesia. Nacido en el año 329 en Cesarea, en un entorno culto y profundamente cristiano, recibió desde la infancia una educación en la que la fe y la cultura clásica no aparecían como realidades opuestas, sino como instrumentos complementarios al servicio de la verdad. Su familia, marcada por una extraordinaria intensidad espiritual, constituyó el primer terreno en el que maduró su vocación.
La Iglesia celebra la Presentación de Jesús en el Templo, cuarenta días después de la Navidad. Esta festividad es más conocida como la Candelaria o fiesta de la luz, ya que está iluminada por el versículo del Evangelio de Lucas (2, 22-40), donde Simeón profetiza que Jesús es “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.
Impresionado por el ejemplo de su primo Pedro, algunos años mayor que él, Juan Becchetti ingresó siendo muy joven en el convento de los Agustinos de Fabriano, en la región italiana de Las Marcas. Se desconoce la fecha exacta de nacimiento de este religioso, que puede situarse en la segunda mitad del siglo XIV.
Las noticias sobre la vida de san Erasmo son escasas y proceden principalmente de una Passio del siglo VI. Se desconoce la fecha de su nacimiento. La tradición lo presenta como obispo de Antioquía. Cuando estallaron las persecuciones contra los cristianos, permaneció oculto durante siete años en una cueva. Descubierto y arrestado por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses paganos, fue encarcelado.
Un obispo solo contra todos, incluso contra el emperador, en defensa del Credo niceno-constantinopolitano, sin temer al exilio, a la marginación ni a la persecución. Así fue san Atanasio, firme defensor de la ortodoxia de la fe frente a la herejía arriana.
Nacido hacia el año 298 en las cercanías de Alejandría, Egipto, se formó en literatura griega y en filosofía. Muy joven entró al servicio de la Iglesia, donde ejerció durante seis años el ministerio de lector. Ordenado diácono, el patriarca Alejandro lo nombró su secretario personal.
Los últimos días de octubre y los primeros de noviembre han sido desde antiguo considerados un tiempo especial para conmemorar a los difuntos. Una de las antiguas creencias que explican esta elección sostiene que el Diluvio Universal —según la tradición— habría tenido lugar precisamente en este período del año, quedando así simbólicamente asociado a la muerte y al recuerdo.
En la Biblia, la presencia de los ángeles es constante y recorre toda la historia de la salvación. Muchos episodios se refieren a su acción y a su papel como instrumentos y mensajeros de Dios. Baste recordar, en el Antiguo Testamento, la lucha de Jacob con el ángel, de quien recibe el nombre de Israel (Gn 32,25-29), y la escalera, soñada por él, que desde la tierra tocaba el Cielo y era bajada y subida por multitud de ángeles (Gn 28,12). Pero también el ángel que sale al encuentro de la esclava Agar y le anuncia el nacimiento de Ismael (Gn 16,7ss); o el ángel que precede al pueblo de Israel en su peregrinación por el desierto (Ex 14,19). Y de nuevo los dos ángeles que sacan a Lot y su familia de Sodoma (Gn 19, 1ss), o la intervención del ángel que detiene la mano de Abraham a punto de sacrificar a su hijo Isaac (Gn 22, 11-13). O también Daniel, que fue salvado de las llamas del horno por un ángel (Dan 3, 49), o el ángel que trae alimento al profeta Elías en el desierto (1 Re 19, 5-10).
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