San Juan Bautista es la única persona, junto con la Virgen María, cuya natividad la Iglesia celebra con una fiesta litúrgica solemne. Según la tradición, nació en Ain Karem, y su venida al mundo se considera el primer signo visible del inicio de los tiempos mesiánicos.
Pertenecía a la familia real de Suecia por parte de su madre, Santa Brígida, y de su padre, Ulf Gudmarson. Es santa Catalina de Suecia, nacida hacia el año 1331, confiada desde niña al cuidado de las monjas cistercienses de Risaberg. A pesar de su voluntad, hubo de abandonar el monasterio, pues su padre la había prometido en matrimonio al caballero Edgar von Kyren, con quien contrajo nupcias a la edad de dieciséis años. Su esposo, también muy piadoso, acordó con ella vivir en castidad. Catalina vivió su matrimonio cuidando de Edgar, que era inválido. En 1344 falleció su padre Ulf.
Invocar a María con el título de Auxilio de los Cristianos —o Auxiliadora— significa reconocerla como Madre y Reina. Expresa, en particular, el afecto filial de los fieles hacia Aquella que fue la primera Discípula del Hijo.
Desde los primeros decenios del siglo XVI, el anuncio del Evangelio alcanzó las regiones que hoy conforman Vietnam y, en 1659, la Santa Sede organizó de manera estable la actividad misional, confiando amplias zonas a los Vicariatos Apostólicos del Norte (Đàng Ngoài) y del Sur (Đàng Trong). A pesar de las dificultades y de la hostilidad del entorno, aquella labor produjo con el tiempo un notable florecimiento de la comunidad cristiana.
Un misionero incansable, promotor de la cultura cristiana y defensor de la justicia, capaz de unir contemplación y acción en cada etapa de su intensa vida. Es san Antonio María Claret, nacido el 23 de diciembre de 1807 en Sallent, una localidad cercana a Barcelona, en el seno de una familia dedicada al trabajo textil. El ambiente familiar era profundamente cristiano, y la espiritualidad se respiraba en él como el aire.
En la época medieval, el término merced designaba una forma concreta de compasión, dirigida sobre todo a quienes vivían en los márgenes de la sociedad: en particular, a los cristianos mantenidos en cautiverio. A esta causa se consagraron con fervor san Pedro Nolasco y sus discípulos, quienes fundaron una comunidad religiosa dedicada a la liberación de los prisioneros cristianos en peligro de perder la fe. Por esta razón fueron llamados frailes de la Merced, y sus conventos recibieron el nombre de “casas de la Merced”. Estrechamente unidos a la figura de la Virgen María, considerada inspiradora de su misión, le otorgaron el título de “Madre de la Merced” o “de la Misericordia”.
Lo que sabemos del evangelista Marcos nos ha llegado a través de los Hechos de los Apóstoles y de algunas cartas de Pedro y Pablo. No formó parte del primer grupo de Apóstoles, pero fue discípulo primero de Pablo y después de Pedro. Algunos autores lo identifican con el joven, hijo de la viuda María, que siguió a Jesús tras su arresto en Getsemaní.
Es conocido como un rey justo y prudente, hasta el punto de merecer el sobrenombre de prud’homme (hombre sabio). Fue también un reformador de las instituciones y ejerció con frecuencia el papel de mediador en conflictos internacionales. Se trata de Luis IX, rey de Francia. Nació el 25 de abril de 1214 y fue coronado rey con tan solo doce años. Su madre, Blanca de Castilla, asumió la regencia y se ocupó de inmediato de su coronación, que tuvo lugar el 29 de noviembre de 1226 en la catedral de Notre-Dame de Reims. Blanca, mujer de carácter firme, transmitió al joven rey una educación profundamente religiosa y unas estrictas normas morales que Luis siguió fielmente durante toda su vida.
El nacimiento de Jesús en el mundo, aunque no pueda fecharse con precisión ni en el año ni en el día, ya era honrado como celebración tanto en las comunidades cristianas orientales como en las occidentales a comienzos del siglo IV.
La Iglesia celebra el 25 de enero la conversión de San Pablo en el camino de Damasco, uno de los testimonios más elocuentes de la gracia divina, que transformó a Saulo, el feroz perseguidor de los cristianos, en el Apóstol de las naciones. Este acontecimiento está narrado en los Hechos de los Apóstoles.
La festividad litúrgica de la Conversión, documentada desde el siglo VI, es propia de la Iglesia latina. El Apóstol por excelencia escribió sobre sí mismo: «He trabajado más que todos los demás apóstoles», pero también: «Soy el menor de los apóstoles, un aborto, indigno incluso de ser llamado apóstol».
Peregrino, fundador de la Abadía de Montevergine y de la Congregación benedictina verginiana, estrechamente unida a ese cenobio. Es san Guillermo de Vercelli, o de Montevergine. Nació hacia 1085 en Vercelli, en el seno de una familia noble, y ya a los catorce años emprendió su camino como peregrino por Europa.
La escena nos resulta bien conocida. Dios propone y espera una respuesta: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 26-38).
María se convierte en Madre de Dios y del Salvador antes de ser, al pie de la cruz, Madre de la Iglesia. Esta solemnidad es, ante todo, la fiesta de la Encarnación, pues en María comienza Dios su vida humana, una vida que llevará a ese pequeño embrión hasta la Cruz y la Resurrección, hasta la gloria del Padre.
Tal vez la tomaron por loca, cuando se aferró a las campanas del monasterio para llamar a sus hermanas y a todas las criaturas al amor de Dios. Gritaba: “¡Venid, almas, a amar al Amor!”. Era el 3 de mayo de 1592, cuando Santa María Magdalena de Pazzi, corriendo por los pasillos del monasterio, invitaba a amar a Cristo.
Según la tradición, Catalina fue una joven de origen noble en Alejandría de Egipto, conocida por su belleza y su elevada formación cultural. Hacia el año 305, durante una celebración ciudadana, habría entrado en contacto con el emperador romano (quizá Majencio o, más probablemente, Maximino Daya).
Carlo Gnocchi nació el 25 de octubre de 1902 en San Colombano al Lambro, una pequeña localidad de la provincia de Lodi. Tercer hijo de Enrico, artesano del mármol, y de Clementina, modista, creció en una familia modesta marcada por el sufrimiento temprano: su padre murió cuando él tenía apenas cinco años y, poco después, la tuberculosis se llevó también a sus dos hermanos, Mario y Andrea. Su madre, viuda y sola, se trasladó con el pequeño Carlo a Milán, donde intentó reconstruir un futuro para ambos.
En el contexto de los primeros siglos del cristianismo, en una época dominada por el Imperio romano y marcada por graves persecuciones contra los discípulos de Cristo, surge la figura de san Fermín, venerado como obispo y mártir. Su memoria está profundamente arraigada en España y en Francia, donde su ejemplo ha alimentado la fe de generaciones enteras. La narración de su vida se sitúa entre la tradición y la realidad histórica, trazando el retrato de un hombre tenaz, animado por una fe inquebrantable y un profundo espíritu misionero.
«El nuevo Beato vivió así: en la alegría del Evangelio, sin compromisos, amando hasta el final. Encarnó la pobreza del discípulo, que no es sólo desprendimiento de los bienes materiales, sino sobre todo superación de la tentación de poner en el centro el propio yo y buscar la propia gloria». Así se expresó el Papa Francisco, el domingo 4 de septiembre de 2022, en la Plaza de San Pedro, durante la beatificación de Juan Pablo I, nacido Albino Luciani.
Según los Acta martyrum, Alejandro era un centurión al mando de una unidad perteneciente a la legión Tebana, un cuerpo militar compuesto por soldados cristianos. Cuando dicha legión fue trasladada a Occidente para hacer frente a las incursiones de los cuados y los marcomanos, recibió, al atravesar la región del Valais, la orden de perseguir a los cristianos, víctimas en aquel momento de una nueva oleada de persecuciones. Los soldados cristianos, al negarse a obedecer tales mandatos, fueron masacrados. Alejandro fue uno de los pocos supervivientes y logró huir hacia Italia.
De Esteban, reconocido como el primer mártir de la Iglesia, conocemos sobre todo los últimos instantes de su vida, relatados en los Hechos de los Apóstoles. Los datos sobre sus orígenes son inciertos: algunos lo consideran de cultura griega, mientras que otros sostienen que era judío, aunque estrechamente vinculado al ambiente helenístico.
Al día siguiente de la conversión de san Pablo, las Iglesias de Occidente recuerdan con especial atención a dos de sus colaboradores más estrechos: Timoteo y Tito, figuras clave de la misión apostólica y primeros obispos de la Iglesia.
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