11 de enero: San Paulino de Aquilea, Obispo
Pastor diligente del rebaño que le fue confiado
Paulino de Aquilea nació en el territorio del ducado longobardo del Friul, en Premariacco, cerca de Cividale. De su infancia y juventud no poseemos noticias ciertas, pero es verosímil que recibiera una formación esmerada, tanto en las disciplinas profanas como en los estudios teológicos, quizá en el ámbito episcopal local, donde maduró asimismo su vocación sacerdotal.
Tras la conquista del Friul por Carlomagno, Paulino entró en la órbita cultural del Imperio carolingio y fue llevado a Francia, donde ejerció como maestro de gramática en la Academia Palatina. Integrado en el círculo intelectual más prestigioso de su tiempo y conocido con el nombre simbólico de Timoteo, entabló relaciones con las figuras más relevantes de la época, en particular con Alcuino de York, quien apreció profundamente su talla moral e intelectual, considerándolo no solo un educador eminente, sino también un auténtico guía espiritual.
En el año 787, Carlomagno lo nombró Patriarca de Aquilea, confiándole una de las sedes eclesiásticas más importantes del nordeste de Italia. Su circunscripción eclesiástica comprendía la llanura friulana, mientras que su autoridad metropolitana se extendía sobre un vasto territorio que incluía el área véneta, Istria y las regiones de la Austria longobarda, recientemente incorporadas al Imperio tras la derrota de los ávaros. Paulino se dedicó con gran energía a la reorganización y renovación de la Iglesia que le fue confiada, promoviendo reformas disciplinarias y litúrgicas, como atestiguan los actos del Concilio de Cividale de 796 y la reorganización de la antigua liturgia aquileiense.
Junto a su acción pastoral, Paulino destacó por una intensa actividad cultural y teológica. Compuso himnos litúrgicos destinados a las principales celebraciones del año cristiano, como la Navidad, la Pascua, la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo y la dedicación de las iglesias, mostrando una constante atención a la formación espiritual del pueblo. No limitó, en efecto, su compromiso a los debates entre especialistas, sino que procuró hacer accesibles las verdades de la fe a los fieles sencillos, redactando también una Profesión de fe de carácter catequético.
Paulino intervino asimismo en la discusión sobre el Filioque, sosteniendo la adición de la expresión según la cual el Espíritu Santo procede del Padre «y del Hijo» en el Credo niceno-constantinopolitano.
Gracias a su autoridad moral, a su profundidad teológica y a su capacidad para unir cultura y pastoral, Paulino ocupó un lugar de primer orden en la vida intelectual y religiosa de la Europa carolingia. Murió en Cividale el 11 de enero de 802 y fue sepultado en la catedral de la ciudad, donde sus restos se conservan hasta hoy.
