Seleccione su idioma

6 de febrero: San Pablo Miki y compañeros

El primer mártir japonés

San Pablo Miki y sus compañeros son testigos luminosos de una fe vivida sin concesiones, tanto en la alegría como en el sufrimiento. Pablo nació en 1556 en las proximidades de Kioto, en Japón, en el seno de una familia de la aristocracia japonesa.

Su padre, perteneciente a la clase de los samuráis, se había convertido al cristianismo junto con algunos religiosos budistas. Pablo recibió el bautismo a temprana edad y, al crecer, descubrió su vocación. Decidió así ingresar en la Compañía de Jesús, donde completó su formación hasta la ordenación sacerdotal.

Durante los años en que ejercía su ministerio, Japón atravesaba una fase de profundos cambios políticos. En 1587, el poderoso Toyotomi Hideyoshi, jefe militar supremo del país, inició una dura represión contra los cristianos: conversiones castigadas con la muerte, lugares de culto destruidos, bienes confiscados y comunidades enteras amenazadas.

Pablo Miki ocupa un lugar especial en la historia de la Iglesia japonesa. Fue, en efecto, el primer religioso nacido en Japón que se afirmó como figura de referencia para aquella joven comunidad cristiana, nacida gracias a la predicación de san Francisco Javier y desarrollada rápidamente hasta contar con cientos de miles de fieles. Pablo supo unir la fe cristiana con un profundo conocimiento de la cultura de su pueblo, dialogando con personas de toda condición: desde eruditos y religiosos budistas y sintoístas, hasta campesinos y los más pobres, a menudo oprimidos por los poderosos. Su estilo y su modo de comunicar le granjearon estima incluso entre quienes no compartían su fe.

En el clima de violencia anticristiana, Pablo fue arrestado en diciembre de 1596. Conducido a prisión, se encontró junto a otros cristianos encarcelados: misioneros jesuitas y franciscanos, además de numerosos laicos japoneses espiritualmente vinculados a la Orden de San Francisco.

A todos se les impuso la renuncia al cristianismo. Ante su negativa, sufrieron una primera y cruel humillación: el corte del lóbulo de la oreja izquierda. Heridos y sangrantes, fueron exhibidos en carros por las calles, expuestos al escarnio de la población.

Durante el cautiverio, Pablo fue guía, apoyo y ejemplo de firmeza para sus compañeros. En el patíbulo, antes de morir, pronunció sus últimas palabras como una auténtica predicación: afirmó que el camino cristiano es la mejor senda hacia la salvación, porque enseña a amar y a perdonar incluso a los enemigos. Declaró abiertamente que perdonaba al emperador y a todos aquellos que habían decidido su condena, invitándolos a descubrir el bautismo cristiano.

A comienzos de 1597 fue obligado a una larga marcha hasta Nagasaki, donde, en una colina, el 6 de febrero, junto con otros veinticinco compañeros —religiosos y laicos, adultos y jóvenes— fue ejecutado mediante la crucifixión. Su muerte no significó el fin del cristianismo en Japón. Durante más de dos siglos, a pesar de las persecuciones y violencias, la fe sobrevivió gracias a su transmisión silenciosa en el seno de las familias, sin sacerdotes ni estructuras oficiales. Cuando en el siglo XIX el país volvió a abrirse a Occidente, los misioneros descubrieron con asombro comunidades cristianas todavía vivas.

Los nombres de los compañeros de martirio son los santos: Juan de Goto Soan y Santiago Kisai, religiosos de la Compañía de Jesús; Pedro Bautista Blázquez, Martín de la Ascensión Aguirre y Francisco Blanco, sacerdotes de la Orden de los Hermanos Menores; Felipe de Jesús de Las Casas, Gonzalo García y Francisco de San Miguel de la Parilla, religiosos de la misma Orden; León Karasuma, Pedro Sukejiro, Cosme Takeja, Pablo Ibaraki, Tomás Dangi y Pablo Suzuki, catequistas; Luis Ibaraki, Antonio, Miguel Kozaki y Tomás, su hijo, Buenaventura, Gabriel, Juan Kinuya, Matías, Francisco de Meako, Joaquín Sakakibara y Francisco Adaucto, neófitos.

Seleccione su idioma