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15 de marzo: Santa Luisa de Marillac

Ante todo los pobres

Madre, viuda, maestra, asistente social, enfermera y fundadora: Luisa de Marillac reúne en su persona casi todos los estados de vida de una mujer.

Nacida el 12 de agosto de 1591, en París, fue hija ilegítima y nunca conoció la identidad de su madre. Su padre, sin embargo, Luis de Marillac, perteneciente a la nobleza, la reconoció oficialmente. Cuando Luis contrajo matrimonio, Luisa fue confiada al convento real dominico de Poissy, donde su tía era religiosa. Esta experiencia favoreció su camino interior. Cuando su padre murió, ella tenía trece años y su tío Michel se convirtió en su tutor. Dejó Poissy y se inscribió en un colegio para jóvenes, donde tuvo la oportunidad de adquirir numerosas habilidades domésticas y desarrollar capacidades organizativas.

A la edad de quince años, maduró el deseo de convertirse en religiosa en una Orden austera, como entre las Capuchinas, pero el director espiritual del monasterio la rechazó por su salud demasiado delicada. Quedó profundamente decepcionada, pero aceptó la decisión.

En 1613 se casó con Antoine Legras, escudero y secretario de la reina de Francia, con quien tuvo un hijo. En 1622 su marido enfermó y la situación familiar se volvió difícil. En ese período, Luisa experimentó grandes conflictos interiores: no había cumplido la promesa hecha a Dios de convertirse en religiosa, y ahora su marido estaba enfermo. Atravesó momentos de depresión y de angustia, con muchas dudas sobre la fe.

En Pentecostés de 1623, en su parroquia de Saint-Nicolas-des-Champs en París, recibió una iluminación de Dios que la liberó de sus dudas. Mientras oraba, comprendió que su lugar estaba junto a su marido y que Dios estaba presente en su matrimonio. También vio que un día viviría en una comunidad al servicio del prójimo, «yendo y viniendo», una fórmula impensable para una religiosa en una época en la que todas vivían en clausura.

En esta visión se le apareció también un sacerdote, a quien más tarde identificaría como san Vicente de Paúl, su futuro confesor y colaborador en el servicio.

En diciembre de 1625 Antoine murió y Luisa quedó viuda, con escasos recursos económicos, obligada a trasladarse de casa. Vicente de Paúl vivía cerca de su nueva residencia y así se convirtió en su director espiritual. En 1629 él, que había fundado la Congregación de la Misión (los Lazaristas), invitó a Luisa a ayudarle en las Cofradías de la Caridad, extendidas por las parroquias de Francia. Luisa se dedicó plenamente a esta nueva tarea y realizó numerosas visitas para verificar la calidad de los servicios, revisar las cuentas y los informes de los administradores, e incentivar a las voluntarias a reconocer a Cristo en las personas a quienes servían. Comprendió que las Damas no podían hacerlo todo por sí solas.

Luego llegó el giro decisivo. Hacia 1630, una campesina, Marguerite Naseau, ofreció sus servicios para ayudar a las Damas. Después llegaron otras campesinas. San Vicente confió a Luisa la formación práctica y espiritual de estas jóvenes. Tras un largo período de reflexión y oración, el 29 de noviembre de 1633 nació la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Luisa murió el 15 de marzo de 1660, algunos meses antes que san Vicente. Pío XI la canonizó en 1934. El 10 de febrero de 1960, Juan XXIII la proclamó «Patrona de todos los que se dedican a las obras sociales cristianas».

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