28 de febrero: Beata Antonia de Florencia, Abadesa
A la escuela de santa Clara
Un testimonio luminoso de pobreza evangélica vivida en el ocultamiento y en la radicalidad: así se manifiesta la vida de la beata Antonia de Florencia. Nacida en la capital toscana en los primeros años del siglo XV, contrajo matrimonio siendo muy joven. Quedó viuda al poco tiempo y, madre de un hijo, afrontó con valentía su nueva condición, dedicándose a la educación del niño. Sin embargo, en su interior fue madurando lentamente un deseo más profundo, que la llevó a no contraer nuevas nupcias, a pesar de las presiones de su entorno.
Un encuentro decisivo con la predicación franciscana de su tiempo abrió definitivamente su vida a una elección radical. Comprendió que estaba llamada a una consagración total y respondió con prontitud y generosidad. Tras confiar a su hijo al cuidado de sus familiares, ingresó en la Tercera Orden Regular de San Francisco, iniciando su camino religioso en el monasterio de San Onofre de Florencia, que seguía el carisma de la beata Angelina de Marsciano, considerada la fundadora de la Tercera Orden Regular de San Francisco.
Las cualidades espirituales y humanas de Antonia se manifestaron rápidamente. La oración constante, unida a su capacidad de gobierno y a un estilo de vida profundamente evangélico, la convirtieron pronto en una figura de referencia. Por ello, le fueron confiadas responsabilidades en diversas comunidades, primero en Foligno y luego en otras ciudades de la Italia central, donde contribuyó a consolidar y orientar nuevas fundaciones de terciarias franciscanas.
En 1433 fue llamada a L’Aquila para asumir la dirección de un monasterio recientemente fundado y dedicado a santa Isabel. Llegó acompañada de algunas hermanas, dando inicio a un período de profunda renovación. Durante más de una década guio a la comunidad con equilibrio y sabiduría, favoreciendo su crecimiento tanto numérico como espiritual.
A pesar de la intensa actividad, Antonia percibía que su camino aún no había concluido. El anhelo de una vida más retirada y contemplativa la llevó a mirar con creciente interés la Regla de santa Clara, que en aquellos años estaba siendo redescubierta en su forma más auténtica gracias al movimiento de la Observancia. Apoyada por san Juan de Capistrano, decidió dar este nuevo paso.
En 1447, acompañada por algunas consororas, inició una nueva experiencia monástica bajo el signo de la pobreza más radical, estableciéndose en un monasterio que pronto se hizo conocido por el rigor evangélico y la intensidad de la vida contemplativa. Antonia fue su abadesa durante algunos años, imprimiendo a la comunidad un estilo marcado por el silencio, la oración asidua y el abandono total en la Providencia.
Aun viviendo en clausura, su fama se difundió rápidamente, atrayendo a numerosas jóvenes deseosas de compartir aquel modo de vida. Antonia ocupaba siempre los últimos lugares, elegía para sí lo que las demás rechazaban y se hacía cargo de las hermanas más frágiles con un auténtico espíritu materno.
Concluida su etapa de gobierno, se dedicó por completo a la contemplación del misterio de Cristo crucificado. Murió el 29 de febrero de 1472, rodeada de sus hermanas. Su muerte estuvo acompañada de acontecimientos que impresionaron profundamente a la comunidad y a la ciudad, dando origen a una extendida veneración popular. Se narran algunas curaciones instantáneas, como la del aquilano Zingarelli, que padecía hidropesía, y la de sor Inocencia, clarisa, liberada de numerosas llagas.
En las décadas siguientes, durante las exhumaciones, su cuerpo fue hallado en varias ocasiones incorrupto, y numerosas curaciones fueron atribuidas a su intercesión. El 28 de julio de 1848, Pío IX la proclamó beata.
