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27 de febrero : San Gabriel de la Dolorosa

Abandonado a la Virgen María

La breve existencia de Gabriel de la Dolorosa, marcada por una alegría contagiosa y por un amor intenso a la Virgen María, dejó una huella profunda: ha permanecido en la historia de la Iglesia como el Santo de la sonrisa, capaz de transformar la fragilidad y el dolor en una esperanza igualmente contagiosa.

San Gabriel de la Dolorosa (Francesco Possenti) nació en Asís el 1 de marzo de 1838, en el seno de una familia numerosa y acomodada del centro de Italia. Creció en un ambiente culto y profundamente religioso, donde asimiló desde la infancia el valor de la oración y la confianza en Dios gracias al ejemplo de sus padres. Su padre, funcionario del Estado Pontificio, fue destinado a diversas ciudades para desempeñar importantes cargos, trasladando consigo a toda la familia hasta establecerse finalmente en Spoleto.

Su infancia estuvo marcada por el sufrimiento: siendo aún niño perdió a su madre. La imagen de la madre “en el cielo” se superpuso así a la de la Virgen María, hacia quien desarrolló un afecto tierno y confiado, destinado a convertirse en el centro de su vida interior.

En la adolescencia fue un joven brillante y vivaz. Dotado de una inteligencia ágil, espíritu sociable y gusto refinado, apreciaba la compañía, la música, el teatro y las actividades al aire libre. Frecuentaba los ambientes acomodados y disfrutaba de las oportunidades que su condición privilegiada le ofrecía. Al mismo tiempo, participaba activamente en la vida de la Iglesia.

Sin embargo, tras esa aparente ligereza se escondía un alma profundamente sensible. Una serie de lutos familiares fue resquebrajando progresivamente el equilibrio de aquella existencia serena. La pérdida de varios hermanos y, sobre todo, la muerte repentina de su hermana María Luisa a causa del cólera afectaron hondamente a Francesco, impulsándolo a interrogarse sobre el sentido de las alegrías mundanas y sobre la dirección que debía dar a su vida. Comenzó entonces a distanciarse de las cosas del mundo y a acercarse gradualmente a la consagración religiosa.

El momento decisivo llegó en el verano de 1856, durante una solemne procesión mariana en Spoleto. En medio de la multitud, mientras la imagen de la Virgen pasaba ante los fieles, sintió que era personalmente llamado a seguir a Cristo más de cerca.

Pocos días después dejó Spoleto y se dirigió a Loreto para encomendar su decisión a la Virgen. Tras una cuidadosa reflexión, decidió ingresar en la Congregación de los Pasionistas, asumiendo en el noviciado el nombre de Gabriel de la Dolorosa, como signo de su profundo vínculo con la Madre dolorosa de Cristo.

La vida religiosa le otorgó una alegría nueva y un fervor renovado. Gabriel se adaptó con entusiasmo a la disciplina de la comunidad, dedicándose con celo a la oración, al estudio y al servicio de los más pobres. Trasladado a Abruzos para continuar su formación de cara al sacerdocio, su salud se volvió cada vez más frágil. Los esfuerzos, unidos a una constitución delicada y a penitencias voluntarias, debilitaron su cuerpo. Afectado por la tuberculosis, afrontó el sufrimiento con fe y abandono en Dios hasta su muerte, ocurrida el 27 de febrero de 1862, cuando aún no había cumplido veinticinco años.

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