10 de enero: San Gregorio de Nisa, Padre de la Iglesia
Uno de los grandes Padres Capadocios
Gregorio de Nisa, figura eminente del cristianismo del siglo IV, nació en Capadocia entre los años 335 y 340, en el seno de una familia extraordinariamente rica en personalidades religiosas. Hermano menor de Basilio de Cesarea, fue sobre todo su hermana mayor Macrina quien influyó de manera decisiva en su formación espiritual. No obstante, Gregorio no abrazó de inmediato el estilo de vida ascético propio de sus familiares: tras recibir el bautismo y ejercer el ministerio de lector, se sintió atraído por la cultura clásica, dedicándose al estudio de la retórica, a la enseñanza y a una vida secular que culminó incluso en el matrimonio.
La muerte de su esposa marcó un punto de inflexión decisivo. Animado por su hermano Basilio y por su amigo Gregorio de Nacianzo, Gregorio fue abandonando progresivamente los intereses mundanos y pasó un período de retiro en el monasterio fundado por Basilio a orillas del río Iris. Aunque conservó siempre un profundo amor por la reflexión filosófica y por el arte de la palabra, en el año 371 fue llamado a asumir el cargo de obispo de Nisa, con la misión de contrarrestar la difusión del arrianismo.
Su episcopado no estuvo exento de dificultades: carente de destacadas dotes administrativas y políticas, Gregorio se convirtió en blanco de las facciones filoarianas, que lograron acusarlo de mala gestión económica. En el año 376 fue depuesto y desterrado por voluntad del emperador Valente, partidario del arrianismo. Solo tras la muerte de este, en 378, pudo regresar a Nisa, donde fue acogido con gran entusiasmo por la población.
El fallecimiento de Basilio, a comienzos del año 379, supuso para Gregorio la asunción de un papel aún más relevante en la vida de la Iglesia. Considerado heredero espiritual y doctrinal de su hermano, participó activamente en los sínodos y concilios convocados para sanar las divisiones internas y consolidar la ortodoxia nicena. Su competencia teológica y filosófica le valió el título de «columna de la ortodoxia», atribuido por los Padres conciliares. Fue una de las figuras centrales del Concilio de Constantinopla del año 381, que definió de manera definitiva la doctrina sobre la divinidad del Espíritu Santo.
Junto a su compromiso eclesial, Gregorio desarrolló una intensa actividad intelectual. Recibió encargos oficiales del emperador Teodosio I, pronunció homilías solemnes y discursos fúnebres, y compuso numerosas obras. Su reflexión teológica, profundamente influida por el pensamiento de Orígenes y por el neoplatonismo, se distingue por la integración original entre la fe cristiana y la filosofía clásica, concebida por él como un instrumento educativo capaz de guiar el alma hacia la virtud.
Más que un mero ejercicio especulativo, la teología de Gregorio fue expresión de una experiencia espiritual profunda. En sus escritos ascéticos y místicos —como La perfección cristiana y La profesión cristiana— delineó el camino del ser humano hacia Dios como un proceso dinámico y nunca concluido de crecimiento interior. Por ello es recordado como uno de los grandes Padres de la mística cristiana oriental.
Destacó asimismo en la composición de textos encomiásticos y hagiográficos, dedicados a la celebración de los Santos y a la narración de sus vidas; entre ellos sobresale la biografía de su hermana Macrina. Gregorio participó todavía en un sínodo celebrado en Constantinopla en el año 394; falleció probablemente poco después, hacia el año 395.
Venerado como santo tanto por la Iglesia católica como por la Iglesia ortodoxa, Gregorio de Nisa permanece como una de las mentes más originales y profundas del cristianismo antiguo: un pensador contemplativo, abierto a la cultura de su tiempo, capaz de conjugar rigor intelectual, sensibilidad espiritual y fidelidad a la tradición de la Iglesia.
