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1 de enero: Santa María, Madre de Dios


La solemnidad de María Madre de Dios, situada en el corazón de la Octava de Navidad y al inicio del año, introduce la contemplación del misterio de la Encarnación desde la perspectiva de aquella en la que el Verbo asumió la carne.

El título de Theotókos no expresa ante todo un privilegio mariano, sino una verdad cristológica decisiva: quien nace de María es verdaderamente Dios. La maternidad divina se convierte así en el criterio teológico que garantiza la unidad personal de Cristo y la autenticidad de su humanidad.

Afirmar que María es Madre de Dios significa confesar que en Jesucristo subsiste una única persona, la del Verbo eterno, en la que se unen, sin confusión ni separación, la naturaleza divina y la naturaleza humana. La maternidad concierne a la persona, no a la naturaleza: María no engendra la divinidad en cuanto tal, sino que engendra según la carne a quien es Dios. Este principio, esclarecido por la reflexión patrística y definido dogmáticamente por el Concilio de Éfeso, constituye un baluarte frente a toda reducción cristológica que fragmente el sujeto de la Encarnación.

La figura de María, sin embargo, no se agota en su relación histórica con el Hijo. La tradición eclesial ha reconocido en la Madre de Dios el icono de la Iglesia misma. Así como María concibe por obra del Espíritu Santo y da al mundo la Cabeza del Cuerpo, así también la Iglesia, animada por el mismo Espíritu, engendra los miembros de Cristo mediante la predicación y los Sacramentos. En ambas actúa una fecundidad que no nace de la carne ni de la voluntad humana, sino de la iniciativa gratuita de Dios, que asocia a la criatura a su obra salvífica.

Este paralelismo se extiende también a la dimensión personal de la fe. María se convierte en modelo del alma creyente, en la cual el Verbo desea encarnarse continuamente. El acontecimiento de la Encarnación no pertenece solo al pasado, sino que pide ser interiorizado: Cristo toma forma en la vida del creyente en la medida en que la libertad humana se abre a la acción de la gracia. El «fiat» de María adquiere así un valor paradigmático, revelando que la obediencia de la fe es el lugar donde Dios hace operante la salvación.

La colocación litúrgica de la solemnidad, en el octavo día del nacimiento de Jesús, subraya además el entrelazamiento entre Encarnación y Redención. El Niño que recibe el nombre y entra en la historia del pueblo de la Alianza es ya el Salvador que asume sobre sí la condición humana hasta sus consecuencias más radicales. En este horizonte, María aparece inseparable del Hijo: el misterio del uno no se comprende sin el del otro.

En definitiva, la proclamación de María como Madre de Dios no es una afirmación marginal, sino una síntesis teológica que custodia conjuntamente la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre. En ella se manifiesta la paradoja central del cristianismo: el Creador ha querido tener una madre y, a través de la libre respuesta de una criatura, ha hecho posible la divinización de la humanidad.

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