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Santo del día

Santo del día

20 de agosto: San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia

El cantor de María

«Si los embates del orgullo, de la ambición, de la calumnia y de la envidia te zarandean de un lado a otro, mira la estrella, invoca a María. Si la ira, la avaricia o las pasiones sacuden la navecilla de tu alma, dirige tu pensamiento a María.

19 de agosto: San Juan Eudes

Apóstol de los Sagrados Corazones de Jesús y de María

Incansable apóstol de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, fundador de la Congregación de Jesús y María, conocida como Congregación de los Eudistas. Su vida estuvo marcada por una intensa labor misionera y una profunda espiritualidad, que le convirtieron en una figura destacada en la historia de la Iglesia del siglo XVII.

18 de agosto: San Agapito, mártir

Testigo de Cristo hasta el don de la vida

De San Agapito se sabe únicamente que murió mártir en Preneste (la actual Palestrina) y que su culto está documentado desde tiempos muy antiguos.

Es mencionado en diversos libros litúrgicos y, a unos dos kilómetros de Palestrina, aún se conservan los restos de una basílica dedicada a él, junto con una inscripción que lleva su nombre. Durante el siglo IX se erigieron numerosas iglesias en su honor. Está reconocido como patrono de la diócesis de Palestrina.

17 de agosto: Santa Clara de Montefalco

En su corazón, las huellas de la Pasión de Cristo

No era simbólica la cruz que llevaba en su interior, sino real, signo de su unión profunda con Cristo y de su solidaridad con el sufrimiento de toda la humanidad. Clara de Montefalco conservaba esa cruz impresa en su corazón, como pudieron comprobar sus hermanas al morir.

16 de agosto: San Esteban de Hungría

Evangelizador de los magiares

Fundador del Reino de Hungría en el año mil y evangelizador de su pueblo, el rey Esteban I no es solo el santo patrono de la nación húngara, sino también una figura central en la identidad del pueblo magiar.

15 de agosto: Asunción de la Bienaventurada Virgen María

La fiesta de la esperanza para todos

El 15 de agosto, la Iglesia celebra la Asunción de la Virgen María, es decir, el momento en que María fue acogida en el cielo, en alma y cuerpo, por Dios. Para los cristianos, María es la primera criatura humana que entra plenamente en la gloria eterna de Dios, sin conocer la corrupción del cuerpo tras la muerte.

Aunque los Evangelios no se refieren directamente a este hecho, la creencia en la Asunción es muy antigua y ya era celebrada por los primeros cristianos de Oriente. Sin embargo, fue Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, quien definió la Asunción de María como dogma de fe.

Contemplar el misterio de la Asunción renueva en los creyentes la certeza de que el destino último de la humanidad es el cielo, donde anhelamos participar de la vida trinitaria junto a Jesús, siguiendo el ejemplo de María. ¿Asunción o Ascensión? ¿Cuál es la diferencia? Ambos términos son semejantes, pero se refieren a dos acontecimientos distintos. La Asunción se refiere a la subida al cielo de María. Proviene del latín assumere, que significa “tomar consigo”: es Dios mismo quien toma a María consigo, en cuerpo y alma, como un privilegio singular, por haber llevado en su seno y acompañado con amor a su Hijo, Jesús.

La Ascensión, en cambio, alude a la elevación de Jesús al cielo, cuarenta días después de la resurrección. Procede del latín ascendere, “subir”: es el propio Cristo resucitado quien, por voluntad propia, asciende al Padre, tras prometer a sus discípulos el don del Espíritu Santo.

Para los católicos, María ha recibido un privilegio único: habría sido eximida del juicio final, siendo acogida en el cielo, en alma y cuerpo, por el mismo Dios. Como fue preservada del pecado original por el misterio de la Inmaculada Concepción, también su cuerpo fue librado de la corrupción de la muerte y elevado a la gloria celestial.

Los cristianos de Oriente, por su parte, prefieren hablar de Dormición en lugar de Asunción. Para los ortodoxos, María “se durmió” en la muerte. Vivió la muerte como cualquier ser humano, compartiendo el destino de todos, pero su tránsito hacia Dios fue sereno y lleno de gracia, como un “dulce adormecerse” antes de entrar en la vida eterna.

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