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Santo del día

Santo del día

18 de marzo: San Cirilo de Jerusalén, Doctor de la Iglesia

Defensor de la fe frente a la herejía

Cirilo nació hacia el año 315 en Jerusalén o en sus alrededores, y recibió una sólida formación literaria, que constituyó la base de su preparación eclesiástica, centrada principalmente en el estudio de la Sagrada Escritura.

17 de marzo: San Patricio, Patrón de Irlanda

De monje a evangelizador

San Patricio, cuyo nombre original era Maewyn Succat, nació hacia el año 385 en Escocia, hijo de un centurión romano originario de Britania.

A los 16 años, Maewyn fue capturado por piratas y vendido como esclavo a un druida en la actual región del Úlster, en Irlanda. Durante los seis años que permaneció en cautiverio, trabajó como pastor al servicio de un jefe tribal irlandés. Fue en ese tiempo cuando conoció el cristianismo y se convirtió en un creyente ferviente.

9 marzo: Santa Francesca Romana, Advocata Urbis

Patrona de los automovilistas

El pueblo la llamaba cariñosamente “Ceccolella”. Era conocida por su caridad y por no avergonzarse de extender la mano para pedir limosna en favor de los pobres. Y eso que era noble por nacimiento y por rango. Su nombre era Francesca Bussa de los Ponziani.

7 de marzo: Santas Perpetua y Felicidad, mártires

Dos madres unidas en el testimonio de Cristo hasta el supremo sacrificio de la vida

Dos jóvenes madres: una de 22 años, que amamantaba a su hijo, y otra embarazada de ocho meses. Ambas eran catecúmenas y fueron encarceladas en Cartago, bajo el mandato del emperador Septimio Severo, en el año 203. Sus nombres eran Perpetua y Felicidad. Procedían de distintos estratos sociales: Perpetua, una joven patricia; Felicidad, su sierva. Sin embargo, las unía su fe en Cristo y el destino del martirio. Fueron arrestadas junto con Sáturo, su catequista, y otros catecúmenos: Saturnino, Revocato y Secundulo.

21 de febrero: San Pedro Damián, Doctor de la Iglesia

Un monje al servicio de la Iglesia

San Pedro Damián es uno de los escritores más destacados del siglo XI y uno de los mayores impulsores de la reforma pregregoriana, colaborando estrechamente con varios pontífices en la lucha contra los males que aquejaban a la Iglesia de su tiempo. En particular, combatió la simonía —la compraventa de cargos y dignidades eclesiásticas— y el nicolaísmo, es decir, el rechazo del celibato clerical. Sin adoptar posturas extremas, el santo se puso al servicio de los papas y escribió sobre estas cuestiones en su obra Liber Gratissimus.

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