4 de junio: San Francisco Caracciolo
El santo de la Eucaristía
San Francisco Caracciolo es considerado uno de los grandes promotores de la adoración perpetua al Santísimo Sacramento y uno de los santos eucarísticos por excelencia.
San Francisco Caracciolo es considerado uno de los grandes promotores de la adoración perpetua al Santísimo Sacramento y uno de los santos eucarísticos por excelencia.
Se hacía llamar “Juan Pecador”, recogía a los enfermos abandonados, pedía limosna para los pobres y murió ejerciendo la caridad entre los apestados, de quienes contrajo la enfermedad. Es san Juan Grande, nacido en Carmona, Sevilla, España, el 6 de marzo de 1546. Su padre, que era herrero, murió cuando él tenía once años, y su madre, Isabel, volvió a casarse.
Las noticias sobre la vida de san Erasmo son escasas y proceden principalmente de una Passio del siglo VI. Se desconoce la fecha de su nacimiento. La tradición lo presenta como obispo de Antioquía. Cuando estallaron las persecuciones contra los cristianos, permaneció oculto durante siete años en una cueva. Descubierto y arrestado por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses paganos, fue encarcelado.
“Rogate”, el descubrimiento de la necesidad de la oración por las vocaciones, según el Evangelio: “La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38; Lc 10,2), constituye la esencia del carisma de San Aníbal María Di Francia. La muerte prematura de su padre despertó también en él una especial ternura y un profundo amor hacia los huérfanos.
Analfabeto, sencillo y humilde fraile de san Francisco, pedía limosna a los ricos para distribuirla entre los pobres. Así, durante cuarenta años recorrió las calles de su ciudad anunciando el Evangelio con la palabra y el ejemplo.
Una mujer “fuerte” que, movida por el soplo del Espíritu, obedeció la voz del Señor que la llamaba a liberar a su pueblo y a devolver la confianza en Él a los que vivían en la desolación. Laica, consagrada en la virginidad pero fuera de un claustro, Juana de Arco se vio inmersa en los conflictos más dramáticos de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo. Murió trágicamente, condenada como hereje en un proceso farsa de intención puramente política, cuyo desenlace —la hoguera en la plaza del viejo mercado de Ruan— estaba escrito incluso antes de comenzar.